El T-MEC, ese tratado que todos aman citar pero pocos entienden
En un giro que nadie vio venir, la industria de autopartes ha alzado la voz para, básicamente, pedir que las cosas sigan exactamente igual. Su revolucionaria propuesta para la renegociación del T-MEC es: cero aranceles y, por favor, no nos compliquen la vida con más contenido regional. Una audaz postura de “déjennos como estamos”, encabezada por Gabriel Padilla, director de la Industria Nacional de Autopartes (INA), quien con la seriedad de un notario afirmó que esto es “esencial” para la competitividad. Porque, claro, en el mundo de las negociaciones comerciales, lo esencial es no mover el tapete.
El escenario para esta declaración épica fue la firma de un convenio con un nombre tan largo y burocrático —Convenio para el Impulso a la Modernización Industrial y Tecnológica de los Proveedores Nacionales— que uno sospecha que su principal objetivo es agotar la tinta de las impresoras. Padilla, probablemente después de recitar el nombre completo sin respirar, soltó la bomba: cambiar las reglas de origen sería un problema para toda Norteamérica. Una afirmación que, sin duda, hará que en Ottawa y Washington se pregunten: “¿Y este quién es?”. Su contundente mensaje fue: “no podemos aceptar ninguna condición”. Un “no” rotundo. La creatividad en la diplomacia, como ven, brilla por su ausencia.
La sagrada regla octava y el miedo a lo desconocido
Pero la joya de la corona en este discurso de “todo perfecto, no tocar” es la defensa a ultranza de la regla octava y los programas sectoriales. Estas herramientas, que suenan a capítulos de un aburridísimo manual de contabilidad, son presentadas como el talismán sagrado que protege a la manufactura mexicana de los malvados competidores internacionales. ¿La estrategia? Importar materia prima con condiciones preferenciales para mantener la tan anhelada estabilidad. O, en otras palabras, asegurarse de que el barco no se mueva ni un milímetro, no vaya a ser que alguien se maree.
Y como toda buena telenovela, esto tiene un próximo capítulo. Padilla anunció su comparecencia en la Comisión de Economía de la Cámara de Diputados. El tema de fondo es la espada de Damocles de unos posibles aranceles a productos asiáticos, esos con los que México, al parecer, no está en su etapa de “amistad comercial”. El directivo fue magistralmente ambiguo: hay que defender la producción nacional, pero, ojo, sin causar disrupciones en la cadena de suministro. Traducción: “Queremos proteger nuestra industria, pero sin que eso signifique un esfuerzo logístico demasiado complicado o, peor aún, un gasto extra”. Una postura valiente, sin duda, que demuestra un férreo compromiso con… el camino de menor resistencia.
Así las cosas, el sector de autopartes se atrinchera en su zona de confort, defendiendo un arancel cero que les ha ido bastante bien, thank you very much. En el gran teatro de las relaciones comerciales, su actuación es la de ese personaje que repite la misma línea una y otra vez, esperando que el público eventualmente le crea. El tiempo dirá si esta estrategia de “pedir sin ceder” funciona o si, por el contrario, se queda como un monólogo tragicómico en la historia de la integración económica norteamericana.
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