La épica batalla por la arena: cuando el Senado juega a ser salvador de la playa pública
En un giro argumental que nadie vio venir, pero que todos esperaban con el escepticismo de quien revisa si le tocó la lotería, el Senado de la República ha recibido con bombo y platillo –o, más bien, con carpeta y turno a comisiones– una minuta de la Cámara de Diputados. Su misión declarada es tan noble como aparentemente utópica: garantizar que el acceso a las playas marítimas y zonas fronterizas sea libre, gratuito y permanente para todos. Sí, ha leído bien: para todos, sin importar si es usted un magnate o un simple mortal que solo quiere untarse crema solar sin que le cobren por la sombra.
Parece que nuestros legisladores, en un arrebato de lucidez colectiva, han decidido que el mar y la arena no son un bien exclusivo de los complejos turísticos con nombres en inglés y cercas disimuladas con palmeras. La propuesta, que busca reformar la Ley General de Bienes Nacionales y la Ley General del Equilibrio y la Protección al Ambiente, viene a recordarnos algo que, en teoría, ya sabíamos: la zona federal marítimo terrestre es, precisamente, de la nación. Qué concepto tan revolucionario, ¿verdad?
El detalle está en los ‘peros’ legislativos
La iniciativa precisa, con una solemnidad que casi hace llorar, que no podrá ser “inhibido, restringido, obstaculizado ni condicionado” el acceso a los litorales. Claro, esto es así “salvo en los casos que establezcan otras leyes o los reglamentos administrativos”. Ahí está el meollo. Es como decir: “La entrada es totalmente libre, excepto cuando no lo sea”. Un espacio de maniobra tan amplio que por ahí podrían colarse un par de resorts de lujo, unos cuantos proyectos inmobiliarios y, por qué no, un parque temático acuático. La magia de la letra pequeña.
Además, la reforma prohíbe con gran ímpetu la imposición de cobros, cuotas o condiciones restrictivas para el ingreso a las playas. Una medida audaz contra esos intentos de privatización encubierta donde, de repente, hay que pagar por una pulsera, por un acceso “mejorado” o simplemente por el oxígeno costero. Sin embargo, y aquí llega otro ‘pero’ de esos que tanto disfrutamos, se hace una salvedad “por disposición expresa para la prevención y protección ambiental, seguridad pública o interés nacional”. Es decir, todo puede cambiar si un funcionario decide que, en nombre del medio ambiente, es mejor que nadie pise la arena. La ironía de proteger un espacio impidiendo que la gente lo disfrute es simplemente deliciosa.
Pero el colmo del ingenio legislativo llega con la obligación impuesta a las autoridades de garantizar el acceso gratuito a las áreas naturales protegidas de su competencia… ¡al menos un día a la semana! Imagínense la escena: la naturaleza, ese bien supremo, estará disponible para el pueblo de manera gratuita cada siete días. El resto de la semana, se supone, es para que los ecosistemas descansen de nuestra molesta presencia o, quizás, para que alguien más pueda monetizar ese silencio y esa belleza. Eso sí, el acceso se hará “con pleno respeto a las medidas de cuidado”. Traducción: no se les ocurra llevar un altavoz o dejar una colilla de cigarro, porque entonces sí que tendremos un problema.
Este proyecto de decreto, esta joya de la esperanza ciudadana, fue enviado por la colegisladora y fue turnado a las comisiones de Turismo y de Estudios Legislativos Primera, para su “dictamen y aprobación”. O lo que es lo mismo: ha entrado en el laberinto burocrático donde las iniciativas brillantes van a perder su lustre, a ser desmenuzadas, analizadas y, con un poco de suerte, aprobadas con tantas modificaciones que acaben pareciéndose más a un permiso para privatizar que a una ley de acceso libre. El tiempo, ese juez implacable, nos develará si esta es una verdadera victoria para el ciudadano de a pie o simplemente otro acto de teatro político para apaciguar ánimos.
Mientras tanto, podemos especular con alegría: ¿Lograrán los mexicanos bañarse en el mar sin tener que pagar un “derecho de piso” disfrazado? ¿Se convertirá la playa en ese bien común que siempre debió ser, o seguiremos esquivando cordones y negociando con “vigilantes” comunitarios? La lucha por el dominio de la costa, ese preciado tesoro, acaba de entrar en una nueva y sarcástica fase. Uno casi puede oler la ironía mezclada con la brisa marina.
¿Te imaginas poder disfrutar de una playa sin sorpresas desagradables en forma de cobro injustificado? Comparte esta noticia en tus redes sociales y ayúdanos a viralizar la discusión sobre el derecho a disfrutar de nuestros espacios naturales. ¡Explora más contenido relacionado con las leyes que impactan tu vida diaria y descubre cómo te afectan!




