Cuando el tenis juega a favor del planeta (y de las luciérnagas)
Imagínense esto: Nueva York, la ciudad que nunca duerme, decide que quizás, solo quizás, un poquito de oscuridad no le vendría mal. Y el escenario para esta rebelión contra el resplandor perpetuo no es otro que el Abierto de Estados Unidos, donde las estrellas no solo están en la pista, sino también, literalmente, en el cielo. Porque sí, en un giro argumental que ni el guionista más ‘woke’ se habría atrevido a plantear, el mayor torneo de tenis del mundo se ha puesto las pilas LED… y son amigables con la oscuridad.
Bajo las luces del Centro Nacional de Tenis Billie Jean King en Flushing Meadows, los forehands de Djokovic y los aces de Gauff brillan con una iluminación que no se dispersa hacia el vecindario ni altera el jet-lag mental de las aves migratorias. Básicamente, es como si las lámparas tuvieran un GPS que les dice: “ilumina solo la pelota, por favor, no el cosmos”. Este complejo es el primer y único recinto deportivo profesional certificado por una organización que defiende el cielo nocturno. O sea, pasaron de ser el ‘buen partido’ a ser el ‘partido eco-friendly’.
No es solo tenis, es (un poco) de sentido común
Resulta que las luces de los estadios son como ese amigo que grita en el cine: molestan a todo el mundo. Despistan a las aves, confunden a las ranas y dejan a las luciérnagas preguntándose si deben apagar sus traseros porque la competencia es injusta. Durante la última década, la Asociación de Tenis de Estados Unidos (USTA) cambió las bombillas de halogenuros metálicos por luces LED de protección. Las 17 canchas, incluido el estadio Arthur Ashe, recibieron el año pasado el sello de aprobación de DarkSky International, una ONG que básicamente es el ‘control parental’ de la contaminación lumínica.
Chuck Jettmar, director gerente de proyectos de la USTA, lo resumió con la elegancia de un revés a dos manos: “Este es un evento internacional que tiene un impacto en la comunidad. Minimicemos eso y asegurémonos de que todos estén contentos”. O sea, “que gane el mejor, pero sin cegar al personal”.
Lo mejor es que el invento no solo beneficia a los astros del firmamento. Durante los partidos de clasificación, el ambiente sonoro es una mezcla de grunts tenísticos, chirridos de grillos y aplausos del público. Como un festival de Coachella, pero con menos influencers y más sudor.
El efecto dominó (pero en versión sostenible)
Lo que empezó en Nueva York se está contagiando como un viral de TikTok. En toda Norteamérica, escuelas y parques han cambiado sus sistemas de iluminación en campos de béisbol, pistas de atletismo y otros terrenos. En el Parque Superstition Shadows de Arizona, por ejemplo, los niños juegan al béisbol por las noches sin freírse bajo el sol del desierto… y sin borrar del mapa la Vía Láctea. Liz Langenbach, directora de parques de la ciudad, lo dijo claro: la gente va allí porque “pueden salir de la ciudad y aún ver las estrellas”. Básicamente, es el ‘selling point’ más romántico desde que existieron las velas.
Incluso en la Université Sainte-Anne en Canadá, los estudiantes corren en una pista con luces aprobadas por DarkSky. Rachelle LeBlanc, portavoz de la universidad, sentenció: “Son buenas para todos: para el turismo, para nuestros estudiantes, para nuestros vecinos, para los animales con los que compartimos nuestro campus”. Hasta los búhos serranos del norte, criaturas nocturnas por excelencia, deben de estar enviando notas de agradecimiento.
Eso sí, no todo es perfecto. Travis Longcore, experto en contaminación lumínica de la UCLA, nos baja a la realidad con un revés de contrapié: “Puedes tener la mejor iluminación de estadio, la más cuidadosamente diseñada del mundo, y aún estás creando contaminación lumínica”. O sea, es como pedir una hamburguesa vegana en McDonald’s: es un paso, pero no salvará el planeta. Una pequeña fracción de luz aún se escapa hacia arriba, porque, seamos honestos, si no ves la pelota, el partido se convierte en un juego de pinball a ciegas.
Renovar un campo con esta tecnología puede costar entre un 5% y un 10% más que la iluminación tradicional, según James Brigagliano de DarkSky. Pero la mayoría de los estadios lo hacen durante mantenimientos programados, así que el impacto en la billetera duele menos. La empresa Musco, especializada en iluminación deportiva, trabaja en más de 3.000 recintos al año. Desde estadios de fútbol americano universitario hasta patios de ferrocarril (sí, hasta los trenes quieren su momento ‘green’).
Al final, como dijo Longcore, no se trata de apagar todas las luces y volver a la era de las antorchas, sino de “hacer mejoras desde donde estás”. El Abierto de EE UU está al lado de las brillantes luces de Manhattan y Queens, así que su impacto individual es como un grano de arena en un desierto de neón. Pero cada luminaria cuenta. Y si un evento masivo como este se apunta al carro, quizás otros sigan su ejemplo. Al fin y al cabo, si el tenis puede salvar las estrellas, ¿qué no podremos hacer el resto?
¿Te ha molado esta historia de cómo el deporte se pone las pilas (LED) por el planeta? Compártela en tus redes y etiqueta a ese amigo que aún piensa que la sostenibilidad es solo para hippies. Y si quieres más historias que combinen aceites esenciales con aceites de motor (metafóricamente hablando), explora nuestro contenido relacionado. Porque el mundo está lleno de ideas brillantes… que no deslumbran.




