La Roca que se atrevió a agrietarse
Imaginen la escena: un templo del consumo llamado Plaza Toreo se convierte, por arte de magia corporativa y un presupuesto de Hollywood, en el escenario de un fervor casi religioso. Pero en lugar de santos, se adora a un ex luchador convertido en titán del cine. El rugido, por supuesto, no provenía de un ring auténtico, sino de las gargantas de cientos de devotos seguidores coreando “¡Roca, Roca!” como si el destino de la civilización dependiera de ello. Y allí, en medio del éxtasis colectivo, apareció Dwayne Johnson, acompañado de Benny Safdie, para presentar “The Smashing Machine“. Porque nada dice “cine de autor” como una gira promocional masiva.
La nueva joya de la corona de A24, la productora que hizo del cine raro algo chic, se estrena hoy en las salas del país. La premisa es deliciosamente contradictoria: unir la poesía del golpe en la cara con la sensibilidad artística. El escenario, una réplica de un octágono de la UFC, era la metáfora perfecta: un espacio para la lucha, pero sin el inconveniente de que a alguien le rompan la nariz de verdad. La energía, nos cuentan, era una mezcla de convención de cómics, mitin deportivo y sesión de terapia grupal. Todo muy coherente.
Devoción, Autógrafos y Cabezas de Cartón
La multitud, como en los mejores cultos, mostraba su fe con ofrendas. Algunos alzaban cinturones de la WWE —por si a alguien se le olvidaba de qué iba la cosa—, mientras otros blandían carteles hechos a mano con súplicas como “¡Llévate el Oscar, Roca!” o la siempre original “¿Puedo tener tu autógrafo?”. Pero el premio al seguidor más entregado se lo llevó, sin duda, el caballero que portaba una cabeza tridimensional de Dwayne Johnson que, en un giro práctico y un tanto perturbador, funcionaba como vaso. ¿Qué mejor manera de honrar a tu ídolo que bebiendo de su efígie? Otros, menos propensos a la vajilla temática, lucían tatuajes con su rostro o fotos impresas con IA donde, por fin, posaban junto a él en una realidad alterna.
El entusiasmo era tan palpable que casi se podía empaquetar y vender como suplemento vitamínico. Había almas que, armadas de paciencia y probablemente un termo de café, esperaban desde las 5 de la tarde del martes. Su santa misión: conseguir una firma en un trozo de papel o, el santo grial de la era moderna, una selfie que validara su existencia ante sus seguidores en Instagram. Los conductores del evento, el crítico de cine Rafa Fong y el periodista deportivo Marlon Gerson, hicieron malabares para mantener un hilo de decoro hasta que la aparición del ex The Rock, ahora reconvertido a gurú de la vulnerabilidad, desató el caos controlado.
Fue entonces cuando Johnson soltó la bomba: “Siento que nuestra sociedad a veces celebra la invencibilidad”. Una revelación tan sorprendente como decir que el agua moja. Magnificamos, prosiguió con la solemnidad de quien descubre el fuego, la idea de ser fuertes, capaces y resistentes. “Pero cuando se trata de vulnerabilidad, especialmente en los hombres, pareciera que no es cool mostrarse vulnerable o perder”. Ah, el viejo dilema: ¿es más ‘cool’ un knockout o llorar en terapia? La película, “The Smashing Machine“, llega para responder esa pregunta existencial. Según Johnson, el peleador en quien se basa la cinta, Mark Kerr, era un titán en el octágono, pero donde realmente se daba de golpes era en el ring de la vida. Algo con lo que, teóricamente, todos podemos identificarnos, aunque la mayoría no tengamos un contrato multimillonario con la UFC para desahogarnos.
Por su parte, el director Benny Safdie, quien ya nos había deleitado con las joyas de la ansiedad y la autodestrucción en “Diamantes en bruto“, explicó con aire de filósofo que su nueva obra no trata sobre ganar, sino sobre perderse a uno mismo. Vamos, que es una comedia ligera para ver en familia. “Sobre entender que no eres perfecto, y que si aceptas eso estarás en un lugar mucho mejor en la vida”, declaró, en lo que parecía el prólogo de un libro de autoayuda de lujo. “Si te obsesionas con el control total te destruyes a ti mismo y a los que te rodean”, añadió, probablemente sin pensar en los productores de la película que obsesivamente controlan cada centavo de su presupuesto. Safdie incluso confesó ser una persona obsesiva, capaz de hacerse daño o afectar a los demás por su fijación. Qué alivio saber que puso “mucho de sí” en la historia, para que nosotros, los simples mortales, al vernos reflejados, no nos sintamos mal, sino acompañados en nuestro desastre. Qué generoso.
En resumen, una noche en la que la cultura de la fortaleza fue puesta contra las cuerdas, o más bien, contra el canvas de un octágono ficticio, para ser sometida con una llave de vulnerabilidad. Una paradoja perfecta: usar la plataforma de una superproducción y la fama de una estrella global para hablar de lo duro que es ser humano. La ironía, desde luego, no es solo un recurso literario, es el motor del espectáculo.
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