El Rey del Perreo Desafia al Frío en la CDMX
Allí estaba, el Autódromo de los Hermanos Rodríguez, convertido en un gigantesco congelador al aire libre, hasta que el primer bombo de Dale Don Dale funcionó como el interruptor universal del perreo. Así, sin anestesia ni abrigo suficiente, Don Omar decidió que su función final del año sería una terapia de choque contra la hipotermia. ¿El resultado? El frío, asustado, se retiró con la cola entre las piernas. La Ciudad de México se activó, demostrando una vez más que el ritmo es un sistema de calefacción corporal mucho más eficiente que cualquier calefactor.
“¡Ciudad de México, una bulla!”, rugió el artista, en un intento obvio de medir decibelios que, sin duda, alteró el sueño de alguien en Puebla. Era una velada especial, o al menos eso nos contaron: “Este es mi último show del año y quiero agradecerles lo que México ha hecho por mí”, declaró. Una frase que, dicho sea de paso, hace preguntarse si México le habrá regalado una isla privada o simplemente le compró todos sus discos. La multitud, conmovida por tan magnánimo gesto, respondió con el coro programado: “Otra, otra, otra noche otra”. La originalidad no era el fuerte del momento, pero la energía, eso sí, estaba por las nubes.
“Mis hermanos mexicanos”, prosiguió, preparando el terreno para Cuéntale como si fuera a revelar los secretos de estado. Luego llegó la orden: “México, ¡la canta conmigo!”, justo antes de que Pobre Diabla convirtiera el recinto en el karaoke más grande y desinhibido del planeta. Uno se pregunta si en algún momento alguien de la producción le pasó una nota que decía: “Recuerda que tienen frío, haz que se muevan”.
El Setlist: Un Repaso por el Museo de los Éxitos Inmortales
Luego desfilaron Mayor Que Yo y Salió el Sol, dos temas que, según los científicos del perreo, tienen la propiedad termodinámica de elevar la temperatura ambiental varios grados. El viento helado que barría el Autódromo pasó de ser una amenaza a una simple brisa molesta. Miles de almas bailaban, cantaban y se abrazaban, en un espectáculo de unidad humana que probablemente haría llorar a un robot.
Después, llegó el desfile de los inmortales: Ojitos Chiquititos, Diva Virtual, Sexy Robótica, Ella y Yo, Conteo y Taboo. Una sucesión de clásicos que no dio respiro ni opción a ir al baño. Cada canción tenía el mismo efecto hipnótico: manos arriba, como si estuvieran haciendo ejercicio de espalda; teléfonos alumbrando, para probar que realmente estuvieron allí; y cinturas en movimiento que desafiaban las leyes de la física. Era la prueba viviente de por qué a este caballero aún le llaman el King of Kings. No había un solo rincón, ni junto al puesto de cervezas caras, donde la gente no supiera la letra al dedillo. ¿Estudian acaso en academias de reggaetón?
La cereza del pastel llegó con Hasta Que Salga el Sol, un tema que, irónicamente, sonaba en la noche más fría. Justo antes del clímax, el bueno de Don Omar, en un arrebato de viaje en el tiempo, anunció: “Feliz año 2026”. Entre risas y emoción, nos transportó al futuro para soltar Danza Kuduro. En ese instante sagrado, incluso aquellos que ya marchaban hacia sus coches, calculando el tráfico, se detuvieron en seco o avanzaron bailando. Es físicamente imposible ignorar ese himno, es como intentar no estornudar; sencillamente, tiene que salir.
El Público: Un Mar de Fieles en Estado de Gracia
Visto desde el dron, desde el escenario o desde la última fila (donde se escucha con eco), la postal era idéntica: un océano de extremidades superiores ondeando, luces de móvil titilando al unísono y una masa humana moviéndose como un único organismo. Un cierre épico para un festival que, aparentemente, había sido pura adrenalina desde que salió el sol… el de verdad, no la canción.
Para el bis final, la elección no podía ser otra: Bandolero. El artista, en un acto de pura pereza diva, ni siquiera se molestó en cantar la primera estrofa. Dejó que México lo hiciera por él. Y el resultado fue, cuando menos, sobrecogedor. Todo el Autódromo cantó como un coro celestial de perreo. Las pantallas gigantes, los reflectores e incluso los guardias de seguridad, esos seres normalmente impasibles, quedaron hipnotizados por el volumen del grito colectivo. Uno casi esperaba que empezaran a bailar también, rompiendo su juramento de solemnidad.
“¡México, buenas noches!”, vociferó como colofón, mientras los últimos acordes de guitarra se esfumaban en la noche. El auditorio respondió con aplausos, alaridos y la inquebrantable certeza de haber presenciado un cierre para los libros de historia. O, al menos, para las redes sociales de la semana.
El Flow Fest concluyó oficialmente… pero el perreo, ese ser vivo e indomable, persistió en los pasillos, en las salidas y hasta en la calle, porque al parecer, la orden de “dispersarse” no aplica cuando llevas el ritmo en las venas.
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