Un Festi-Val (o Festi-Mal) para el Recuerdo
El Corona Capital 2025, en un arranque de originalidad absoluta, decidió que su decimoquinta edición sería la última. Porque nada dice “somos únicos” como seguir la tendencia mundial de cancelar cosas que la gente ama. El evento, que se autoproclama un “cruce generacional”, básicamente reunió a millennials con crisis de los 40, a centennials que descubrieron el rock en TikTok y a algunos boomers resistentes que aún creen que el Autódromo es solo para carreras.
Para darle ese toque de caos controlado que tanto disfrutamos, el festival arrancó con una ronda musical de cancelaciones. Waxahatchee, Jelly Roll, Samia y PinkPantheress decidieron que teners planes mejores (o tal vez leyeron las reseñas del tráfico de años anteriores). Sus reemplazos –Whitney, Parallelle, Lyrah y Adéla– sonaron como esos suplentes que entran al partido cuando ya está perdido, pero que, para sorpresa de todos, lograron que el espectáculo no se convirtiera en tres días de silencio absoluto. Un milagro, vaya.
Día 1: La Nostalgia Llama a la Puerta (Y le Cobra Entrada)
La apertura estuvo a cargo de Franz Ferdinand, cuyo mayor logro fue demostrar que “Take Me Out” sigue siendo el himno perfecto para que dos generaciones completamente distintas se unan en un mismo pensamiento: “¿Todavía existen?”. Sus riffs fueron un reconfortante masaje para los oídos de quienes extrañan el indie de antaño.
Luego, Queens of the Stone Age aparecieron para recordarnos que Josh Homme es, básicamente, el tío rockero cool que todos quisiéramos tener. Con un set que fue una demostración de potencia sonora, nos dejaron claro que el desierto y el rock stoner son una combinación que nunca pasará de moda, o al menos, no lo hará en el Autódromo.
El cierre de la primera jornada lo puso Foo Fighters, porque ¿qué sería de un festival de rock sin Dave Grohl sonriendo como si acabara de inventar la batería? Con una seguidilla de éxitos que todos conocemos de memoria –”All My Life”, “The Pretender”– la banda cumplió su rol de máquina de rock infalible. Fue como comer tu comida favorita de la infancia: reconfortante, predecible y perfecta.
Día 2: De la Emoción Cruda al Espectáculo Ultra Moderno
El sábado fue el día designado para la “diversidad”, que en lenguaje festivalero significa: “hoy no toca solo rock de hombres blancos con guitarra”. Brittany Howard de Alabama Shakes convirtió el escenario en una sesión de terapia grupal con soul. Fue emotivo, crudo y tan intenso que varios asistentes probablemente tuvieron que revisar sus emociones después.
Y luego, el momento que todos los algoritmos de las redes sociales estaban esperando: Chappell Roan. Con una producción tan teatral y visual que hacía parecer a los otros shows un ensayo de garaje, la artista demostró que el pop actual es una experiencia multimedia. Sus seguidores, que parecían haber salido de un feed de TikTok coreografiado, cantaron “Femininomenon” como si fuera el nuevo himno nacional. Uno casi esperaba que los créditos rodaran al final.
Día 3: El Adiós, las Lágrimas y un Dr. Simi Volador
El domingo amaneció, y con él, la promesa de un final histórico. Los Deftones sumergieron el Autódromo en un mar de camisetas negras y sonidos que oscillan entre lo etéreo y lo visceral. Chino Moreno, entre luces verdes, generó un caos controlado que fue, sin duda, uno de los ambientes más intensos del fin de semana. Porque nada une más a las personas que un buen slam colectivo.
Pero el momento cumbre, la cereza del pastel, la razón por la que muchos pagaron su abono, fue el tan anunciado (y filtrado) regreso de Linkin Park. La pantalla principal inició una cuenta regresiva tan dramática que uno esperaba el lanzamiento de un cohete espacial. La banda abrió con “Somewhere I Belong” y, acto seguido, miles de almas retrocedieron 20 años en el tiempo en un acto colectivo de nostalgia pura y dura. Fue bonito, fue emotivo, fue… predecible.
El clímax de la obra llegó con “In The End”, pero no antes de que la banda decidiera convertir el escenario en una tienda de curiosidades mexicanas, apareciendo con máscaras de luchador, una bandera de México y, el toque maestro, un Dr. Simi volador. Porque nada dice “respeto por la herencia de Chester Bennington” como un muñeco inflable de un simpático doctor. Fue un guiño tan local, tan absurdo y tan perfectamente extraño que, de alguna manera, resumió todo el espíritu del festival: caótico, sentimental y lleno de momentos que no sabes si amar o cuestionar seriamente.
Así que adiós, Corona Capital. Nos dejas con los oídos zumbando, los pies doloridos y el recuerdo de un Dr. Simi surcando los cielos de la Ciudad de México. No fue perfecto, pero sin duda fue inolvidable.
¿Te perdiste este caos organizado? No te quedes con las ganas, comparte este recuerdo con otros amantes de la música en tus redes sociales y descubre más crónicas de los eventos que definen la escena.












