Supergrass, la banda que nos recordó que no estamos tan viejos
Imaginen esto: una tormenta digna de película apocalíptica, un mar de treintañeros con ansiedad social tratando de recordar cómo se socializaba antes de las apps de citas, y el sonido de una guitarra distorsionada que es la banda sonora de nuestra adolescencia prepandémica. Así, con todo el drama y la nostalgia, Supergrass aterrizó en el Teatro Metropolitan de la CDMX para celebrar los 30 años de su disco debut “I Should Coco“, porque aparentemente, todos envejecemos, incluso las leyendas del britpop.
La banda de Oxford, compuesta por los eternos adolescentes Gaz Coombes, Mick Quinn y Danny Goffey, no vino a jugar. Vinieron a ejecutar un viaje en el tiempo sonoro de más de dos horas, un maratón que puso a prueba tanto nuestra resistencia física (levantar los brazos con el celular para grabar cansa) como nuestra capacidad para recordar letras que teníamos archivadas en la misma parte del cerebro donde guardamos la contraseña del primer correo electrónico.
Los teloneros que casi nadie vio (gracias, clima)
Para los que llegamos fashionably late (o sea, después de la tormenta), nos perdimos a los teloneros “The Ramona Flowers” y “Sport Teams“. Según los rumores entre la multitud empapada y los memes posteriores, estas agrupaciones de la escena música independiente dieron un show lleno de energía, demostrando que el espíritu del indie no murió, solo se mudó a TikTok y aprendió a hacer virales. Un aplauso para los valientes que llegaron temprano y aguantaron el chaparrón como campeones.
Pero seamos honestos, la mayoría estábamos ahí por una razón principal: revivir esa época en la que nuestro mayor problema era decidir si comprar el CD original o el pirata. Y vaya que Supergrass entregó. El recital fue una cápsula del tiempo sonora. Desde el primer acorde de “Caught by the Fuzz“, el ambiente se transformó. De repente, los trajes corporales y las responsabilidades adultas se evaporaron, reemplazados por camisetas de bandas, cervezas sobrevaloradas y la alegría desenfadada de quien recuerda que, en el fondo, todavía corre algo de jugo verde por las venas.
El setlist que nos dio un aneurisma de la nostalgia
El repertorio fue un setlist tan perfecto que dolió. No solo tocaron “I Should Coco” completo, un álbum que es básicamente el Santo Grial del britpop, sino que además lanzaron con todo los extras. Cuando empezaron las primeras notas de “Alright“, el himno generacional que sonó en todas las fiestas y en la película “Clueless” (sí, la de Alicia Silverstone), el Teatro Metropolitan estalló. Fue un momento colectivo, una descarga de dopamina pura. Coreamos “We are young, we run green” como si nuestro trabajo dependiera de ello, como si al decirlo con suficiente convicción, el metabolismo de los 20 años volviera mágicamente.
Pero no todo fue nostalgia ciega. La banda demostró por qué son unos pesos pesados de la escena. Gaz Coombes, con una energía envidiable, conectó con el público como si fuera una reunión de viejos amigos. Mick Quinn y Danny Goffey, en el bajo y la batería, fueron la base rítmica que nos mantuvo bailando (o al menos, moviendo el cuerpo de manera aceptable para nuestra edad). Canciones como “Sun Hits the Sky” y “Pumping” cerraron la noche con una explosión de sonido que nos dejó con una sonrisa de oreja a oreja y, probablemente, con acúfenos al día siguiente.
Fue más que un simple concierto. Fue una reivindicación. Una prueba de que la buena música no tiene fecha de caducidad y de que, aunque nuestras rodillas ya no aguanten saltar como antes, el espíritu juvenil sigue ahí, esperando a que una banda británica lo despierte con una batería explosiva y un riff de guitarra memorable. En una era donde todo se vive a través de una pantalla, fue un lujo desconectar por unas horas y vivir un momento auténtico, sin stories, sin tweets, solo música, sudor y cerveza.
¿Te lo perdiste? No te quedes con las ganas. Comparte esta nota con ese amigo que siempre dice “esa banda sí era música” y explora más sobre los próximos eventos de rock que están por llegar. La nostalgia es un negocio redondo, y nosotros estamos aquí para vivirla… y contarla.




