El “gran acierto” que necesita milagros de conectividad
Parece que hemos descubierto la pólvora, pero sin mecha. Para que el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA) deje de ser ese lugar al que llegas por aventura y fe, y se convierta en un aeropuerto de verdad, necesitamos algo revolucionario: infraestructura que funcione y se pueda predecir. ¿Quién lo diría? La Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo (Concanaco-Servytur) ha tenido una epifanía digna de un Nobel de Logística: un aeropuerto necesita estar bien conectado. Su comunicado, un dechado de obviedades enunciadas con solemnidad, declara que con una conectividad predecible se abren “mejores condiciones” para mudar operaciones hacia el AIFA. O sea, para que la transición no sea un salto al vacío, sino un paseo por un puente… que aún está en planos.
La joya de la corona, el tren suburbano Buenavista-AIFA, es calificado como un “paso decisivo”. Un paso, uno solo. Porque según estos visionarios, el tren no sustituye otros detalles menores como la integración tarifaria, la señalética, la seguridad o la coordinación operativa. Cosas sin importancia, claro. ¿Para qué queremos que el viaje sea “realmente sin fricciones” si podemos tener una aventura llena de sorpresas y trámites inesperados? Eso sí, el presidente del organismo, Octavio de la Torre de Stéffano, asegura con un optimismo que envidiaría un vendedor de humo, que hacer 45 minutos en ese recorrido con trenes cada 15 minutos lo hará competitivo. Porque, evidentemente, lo que anhela el viajero internacional es una experiencia ferroviaria “comparable con estándares internacionales” en medio de la zona metropolitana. Nada de pretensiones.
El tren: ¿solución mágica o parche glorificado?
Nos cuentan, como si fuera un secreto de estado, que tener este tren es un “acierto estratégico“. ¡Toma ya! Reducirá la incertidumbre del traslado porque, atención al argumento, evitará el tráfico. Una revelación que deja sin aliento. Así que el plan maestro para fortalecer la movilidad de un aeropuerto construido en una ubicación polémica es un tren. No es un lujo, nos sermonean, es “infraestructura habilitadora“. Lo que vuelve funcional un aeropuerto para la economía, aparentemente, no son vuelos, rutas o aerolíneas, sino un tren puntual. Porque nada dice “potencia económica” como depender de un solo corredor de transporte para que tu terminal aérea no sea un elefante blanco.
La narrativa oficial quiere vendernos la idea de un sistema aeroportuario metropolitano eficiente, donde el AIFA es una pieza clave con “mayor margen de crecimiento”. Suena bonito, como un eslogan de campaña. La realidad, sazonada con el humor ácido de la situación, sugiere que se está poniendo el carro delante del caballo, el tren delante del avión, y la promesa delante de la obra terminada. Se pide conectividad multimodal y alimentadoras, cuando la conexión básica aún es tema de debate. Es como prometer un jardín botánico en un terreno que aún no tiene agua potable. La ironía es tan densa que se podría pavimentar con ella la ruta hacia el propio aeropuerto.
En el fondo, el mensaje de la cámara empresarial es un grito elegantemente empaquetado: no basta con inaugurar infraestructuras faraónicas con bombo y platillo; hay que dotarlas de la red de transporte y logística que las haga viables. De lo contrario, el riesgo es crear un nodo de conexión aérea desconectado de la ciudad a la que sirve. El desarrollo de la aviación comercial en la región requiere más que buenas intenciones y ceremonias de corte de listón; exige planeación urbana y de transporte público a la altura del desafío. El crecimiento económico y el turismo de negocios no llegan por arte de magia en un tren, por muy puntual que sea.
¿La moraleja? Puedes construir el aeropuerto más moderno del mundo, pero si para llegar a él necesitas una combinación de fe, suerte y un mapa del tesoro, los únicos que lo usarán serán los cuervos y los optimistas incurables. El AIFA tiene potencial, pero necesita dejar de ser el chiste recurrente de la conectividad metropolitana para convertirse en una opción real. Y eso, queridos planificadores, requiere más que un tren; requiere un sistema.
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