Un crimen que, para variar, nos pilla por sorpresa a nadie
Parece que en el vibrante y siempre pacífico estado de Michoacán, la tarde del 2 de noviembre tuvo un toque especial de horror. El Gabinete de Seguridad del gobierno mexicano, esos seres místicos que suelen aparecer después de los hechos, confirmó con su habitual puntualidad lo que todos ya sabíamos: el alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, fue convenientemente asesinado. El ataque directo, una modalidad tan sutil como un elefante en una cacharrería, ocurrió en pleno centro de la ciudad. Por este crimen, añadieron con un toque de eficacia que nos dejó a todos boquiabiertos, fueron detenidas dos personas y, oh, sorpresa, uno de los agresores también perdió la vida. Porque nada soluciona un homicidio como otro homicidio, ¿verdad?
Las autoridades, en un comunicado que rezuma esa calidez burocrática que tanto nos caracteriza, declararon: “Derivado de una agresión ocurrida esta tarde en el centro de Uruapan, Michoacán, donde lamentablemente perdió la vida el presidente municipal Carlos Manzo, fueron detenidas dos personas involucradas en los hechos y uno de los agresores perdió la vida”. “Lamentablemente”. Qué palabra tan precisa y conmovedora para describir el hecho de que un funcionario público electo sea acribillado. Uno casi espera que añadieran “le pedimos disculpas por las molestias ocasionadas”.
El circo de la seguridad se monta de inmediato
Para calmar los ánimos, o quizás solo para justificar sus presupuestos, las autoridades del gobierno de Michoacán y del dichoso Gabinete de Seguridad se apresuraron a anunciar que están resguardando la zona y manteniendo los patrullajes de supervisión. Porque nada dice “tenemos el control” como tener que enviar refuerzos *después* de que han matado a un alcalde. Su misión divina es, supuestamente, garantizar la seguridad de la población. La misma población que, mientras tanto, se pregunta si no sería más fácil garantizar la seguridad *antes* de los ataques. Pero eso, claro, es pedir peras al olmo.
Y como en toda tragedia que se precie, no podía faltar la frase hecha, el eslogan de cajón. El Gabinete de Seguridad, con una solemnidad que corta el aliento, aseveró: “Este crimen no quedará impune“. ¡Toma ya! Esa es la clase de afirmación contundente que solo puede surgir cuando la impunidad es la dueña y señora del país. Es como prometer que el sol saldrá mañana, pero con menos certeza. Uno se imagina a los criminales escuchando el anuncio y temblando de miedo… de la risa.
La violencia política en México, especialmente en estados como Michoacán, se ha convertido en un paisaje tan común como el aguacate en el desayuno. La narcoviolencia y la inseguridad campan a sus anchas, haciendo de la vida de los funcionarios locales un puesto de alto riesgo, casi al nivel de ser torero con alergia al color rojo. Este homicidio no es un hecho aislado; es un capítulo más en un serial macabro que nadie parece tener ni la voluntad ni la capacidad de cancelar. Las detenciones posteriores son el paño de agua tibia de rigor, el gesto necesario para aparentar que la maquinaria de la justicia, aunque oxidada y con el motor gripado, aún funciona. Mientras, la población de Uruapan y del resto del país asiste, atónita y cansada, a este espectáculo de terror y promesas vacías.
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