La Tragedia como Trampolín para una Nueva Cruzada
Oh, la vida es cíclica, ¿verdad? Una balacera en Washington que deja a una soldado de la Guardia Nacional muerta y a otro en estado crítico, y he aquí que, como un reloj cucú que marca la hora del pánico, el presidente Donald Trump emerge en Acción de Gracias con un regalito envenenado para la nación. Porque nada dice “estoy agradecido” como prometer “detener permanentemente la migración” desde países pobres en un feroz discurso de redes sociales. Por supuesto, es una estrategia probada: un evento trágico ocurre, y antes de que el humo se disipe, ya hay un micrófono y una narrativa lista para ser lanzada.
El sospechoso, un afgano de 29 años que, irónicamente, ingresó bajo un programa de reasentamiento tras la caótica retirada estadounidense de Afganistán (una jugada maestra de geopolítica que nadie podría haber previsto que terminaría mal, claro). Aunque el presidente, en su infinita sutileza, no mencionó directamente el caso, sí aprovechó para exigir reexaminar a todos los refugiados afganos admitidos durante la administración de Joe Biden. Porque, ¿qué mejor manera de honrar a los caídos que con una cacería de brujas migratoria que simplifica un problema complejo en 280 caracteres?
La Realidad se Toma un Descanso: Bienvenidos al Mundo de los Datos Alternativos
En su mensaje, el mandatario afirmó con la seguridad de quien cree que la Tierra es plana que la mayoría de los inmigrantes “provienen de naciones fallidas, prisiones o pandillas”. Esto, naturalmente, ignora convenientemente esos molestos múltiples estudios que demuestran que los extranjeros cometen menos delitos que los ciudadanos estadounidenses. De hecho, investigaciones recientes apuntan a que los inmigrantes tienen hasta 60% menos probabilidades de ser encarcelados. Pero, ¿quién necesita estadísticas cuando se tiene una buena retórica del miedo? Es casi como si los hechos fueran opcionales en el menú de la política moderna.
El discurso, que la Casa Blanca calificó con orgullo como “uno de los mensajes más importantes” de Trump, también incluyó joyas como retirar beneficios federales a no ciudadanos, desnaturalizar a personas “que socaven la tranquilidad doméstica” (un concepto tan vago que podría aplicarse a cualquiera que se queje del precio de la gasolina) y deportar a quienes considere incompatibles con “la civilización occidental”. Porque, por supuesto, él es el árbitro definitivo de lo que significa ser civilizado. Uno se pregunta si incluirá un examen de etiqueta en la frontera.
Mientras tanto, en el mundo real, el sospechoso, Rahmanullah Lakanwal, permanece bajo custodia con heridas no letales. La soldado Sarah Beckstrom, de 20 años, murió el jueves, y el sargento Andrew Wolfe continúa en estado crítico. Sus tragedias personales son ahora el combustible para un espectáculo político que parece más interesado en ganar puntos que en resolver problemas. Es el eterno guion de la política del espectáculo: sangra, lead, y anuncia una solución draconiana que suena fuerte pero resuena vacía.
Así que aquí estamos, amigos, viendo cómo una tragedia se convierte en el telón de fondo para una nueva ofensiva de narrativa antiinmigrante. Porque en el gran teatro de la política, el sentido común y la compasión a menudo tienen un papel secundario frente al drama y la simplificación excesiva.
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