La batalla por el kilo de tortillas
La presidenta Claudia Sheinbaum salió al quite con la fuerza de un pitcher cerrando un juego apretado. Su mensaje fue directo: no, el precio de la tortilla no va a subir. Punto.
En conferencia, desmintió con contundencia las versiones que hablaban de un posible encarecimiento del alimento básico por excelencia. Para ella, los números no cuadran.
“No es cierto. No tiene ninguna razón para el aumento del precio de la tortilla, porque los granos de maíz están en el nivel más bajo, yo creo que de la historia”, afirmó.
Su lógica es simple: si la materia prima está barata, el producto final debería estarlo también. Pero sabe que en política, y en economía, la teoría y la práctica a veces bailan música diferente.
Moviendo las piezas del tablero
Al enterarse de los rumores, Sheinbaum movió ficha inmediatamente. Instruyó a su equipo para contactar a todos los actores de la cadena: productores, comercializadores, distribuidores. No se trata solo de un llamado telefónico, sino de reactivar lo que llaman el “acuerdo maíz-tortilla”.
Su estrategia tiene dos patas: fortalecer la relación directa con quienes siembran el maíz y vigilar que no haya distorsiones en el camino hacia la mesa. Puso como ejemplo el jitomate, donde los precios varían salvajemente entre una tienda y otra.
Pero el movimiento más importante viene este mismo semana. Convocará una reunión del Paquete Contra la Inflación y la Carestía (PACIC). Allí se sentarán productores, cadenas comerciales y su gobierno.
“Vamos a hacer todo lo necesario para que no haya inflación”, prometió.
Detrás del drama político hay algo más profundo: el miedo ciudadano a que lo básico se vuelva inalcanzable. Sheinbaum lo sabe. Por eso su tono fue más de general preparando una batalla que de economista dando una cátedra.
El verdadero acto comienza ahora, cuando las palabras deben convertirse en precios estables en las tortillerías.




