Cuando el río se volvió enemigo y solo quedaron seis valientes
Imaginen un pueblo que pasó de tener el soundtrack de un pueblo mágico a la escena postapocalíptica de una película de zombies, pero sin zombies, solo con mucho, mucho lodo. Así amaneció Chapula, en la huasteca hidalguense, después de que el huracán Priscilla decidiera que su misión era borrarlo del mapa. De una comunidad de 200 almas, ahora solo quedan seis. Seis personas que básicamente le están diciendo al destino: “ni de chiste nos vamos”. Mientras todos los demás empacaron sus vidas y se largaron, este grupo selecto de tercos está empeñado en una misión casi imposible: resucitar un pueblo que las autoridades ya dieron por muerto.
El acceso a Chapula ahora es como el nivel más difícil de un videojuego: o lo haces a caballo o a pata, en una caminata de tres horas montaña arriba. No hay Uber, no hay Didi, ni siquiera hay un camión de paso. Raúl Jiménez Montiel, de 50 años, se ha autoproclamado el guardián de la entrada, el portero de un pueblo fantasma que se niega a ser fantasma. Mientras, algunas familias hacen viajes relámpago, no para quedarse, sino para rescatar de entre el fango lo poco que el agua no se tragó. Es el capeo climático en su máxima expresión.
Santos, cerdas y una esperanza a prueba de todo
En este escenario dantesco, Zoralia Cruz Hernández, o Zury para los cuates, de 32 años, tiene sus prioridades muy claras. Lo primero: un San Judas Tadeo de un metro de altura que, según ella, es su guardaespaldas celestial. Lo segundo: sus animales, su manada. Entre ellos, dos cerdas, una de ellas a punto de ser mamá. Zury, que se dedicaba a la cría de porcinos, ahora es la protectora de un zoológico improvisado donde perros, patos y gallinas son los nuevos dueños de las calles. Su drama es de telenovela: no puede sacar a su “puerquita” preñada de allí, así que la tuvo que meter a su propia casa, que de paso también está hecha un desastre. “Anduve batallando con ella… Sí me duele”, confiesa, masajeando la panza de la cerda como si fuera una doula porcina. Su otra cerda, Lupita, casi se la lleva la corriente, en una escena que ni la película más dramática de animales pudo superar.
Pero Zury no está sola en su terquedad. Alberto y Edith son otros de los miembros de este exclusivo club de la resistencia. Ellos tenían un criadero de mojarras que ahora es solo un recuerdo y un charco de lodo. Su plan es tan ambicioso como conmovedor: volver a poner en pie su negocio para darle una razón de ser a la comunidad. “Venimos a recoger lo poco de pescado que quedó”, dice Edith con una resignación que duele. Mientras, su hermano Beto añade: “Teníamos que venir a ver qué quedaba porque, pobrecitas mojarras, algunas seguían aquí en el lodo”. Es el capeo económico contra viento y marea, literalmente.
La burocracia vs la terquedad humana
Mientras estos héroes anónimos luchan con palas y esperanza, el gobernador de Hidalgo, Julio Menchaca Salazar, soltó la bomba: Chapula fue declarada zona inhabitable. Básicamente, el gobierno dijo “aquí ya no hay casas” y lavó sus manos. El detalle es que a los seis habitantes nadie les avisó formalmente, o si lo hicieron, el memo se lo debió llevar la corriente. Así que ellos siguen en su plan, sintiéndose un poco como en una serie donde el protagonista se entera de que está muerto para el sistema, pero sigue dando lata.
El caso más épico es el de don Nabor Hernández Montiel, un ganadero y agricultor de 57 años que hace de guía, albañil y mensajero. Este señor hace el viaje de ida y vuelta hasta Pemuxco (el pueblo más cercano) hasta TRES VECES al día. La bajada es de hora y media, pero la subida, cargando víveres y herramientas, puede tomar más de tres horas. Es el influencer del esfuerzo, pero sin patrocinadores ni likes, solo con la convicción de que su pueblo vale la pena.
Don Antonio Bautista Hernández, de 54 años, lo perdió todo. Las lluvias se llevaron la casa y las tierras que había conseguido tras migrar y volver. Su historia es la de muchos: el sueño de una vida entera convertido en barro en una noche. Pero incluso él, entre la desolación, se aferra a un hilo de esperanza.
Esta es la crónica de una resistencia comunitaria que se niega a convertirse en una estadística. Es la batalla de la terquedad humana contra la fuerza de la naturaleza y la indiferencia burocrática. Seis personas que, con sus historias de santos, cerdas y mojarras, nos recuerdan que a veces, el hogar no es un lugar donde es fácil vivir, sino un lugar por el que vale la pena luchar.
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