Un acuerdo para que los vecinos no se maten entre sí (o al menos, que lo haga quien debe)
En un giro de los acontecimientos que nadie vio venir, la presidenta Claudia Sheinbaum ha anunciado un pacto de caballeros (y marinos) con las autoridades estadounidenses. La brillante idea, que seguramente les costó incontables reuniones y cafés amargos concebir, es que la Marina mexicana se encargue de interceptar las embarcaciones con drogas cerca de nuestras costas. ¿En aguas internacionales? También, por qué no. Al parecer, la alternativa –que los estadounidenses sigan convirtiendo el Caribe y el Pacífico en un campo de tiro al blanco con al menos 75 muertos– no era lo suficientemente atractiva.
La mandataria, en su ya tradicional conferencia de prensa matutina, explicó con la serenidad de quien anuncia el menú del día que el primer acuerdo es que la Secretaría de Marina haga el trabajo pesado cuando el Comando Sur o sus agencias hermanas pasen el chisme. Qué detalle, ¿verdad? Uno casi puede imaginar la conversación: “Oigan, gringos, ¿y si en lugar de disparar primero y preguntar después, nos avisan y nosotros, con toda la elegancia marítima mexicana, los interceptamos?”. Por su parte, el Departamento de Defensa de Estados Unidos, en un ejercicio de comunicación ejemplar, no se dignó a comentar. Quizá estaban demasiado ocupados planificando su próximo “conflicto armado” contra unos cárteles a los que, por arte de magia geopolítica, ahora vinculan directamente con el gobierno de Venezuela.
La delicada danza de la no colaboración (que se parece mucho a colaborar)
México, por supuesto, ha rechazado estas acciones con la vehemencia de un padre regañando a un hijo travieso. Pero la realidad es un poco más… gris. A fines de octubre, tras un ataque en el Pacífico a unos 830 kilómetros de Acapulco, la Marina mexicana acudió solícita a intentar rescatar a un superviviente. ¡Qué casualidad! Justo el barco más cercano era mexicano. Qué bonito es cumplir con los protocolos de salvamento marítimo, sobre cuando te evita tener que admitir abiertamente que estás cooperando con el vecino al que públicamente condenas.
Para rematar la farsa, el gobierno mexicano envió a los secretarios de Marina y de Relaciones Exteriores a tener una charla con el embajador estadounidense. La petición: que mejoren los protocolos de las operaciones conjuntas y se intercepte a las embarcaciones sospechosas en lugar de… ya saben, reducirlas a astillas. Una idea revolucionaria. Mientras tanto, la administración de Donald Trump acumula una enorme fuerza militar en aguas sudamericanas, justificando su beligerancia diciendo que están en un “conflicto armado” con los cárteles. Porque nada dice “paz y seguridad” como una demostración de fuerza descomunal.
Sheinbaum, con la calma de quien ha logrado un acuerdo “en principio”, afirma que las autoridades estadounidenses dijeron que sí. No aclaró cuándo, con quién, o sobre qué tipo de papel fue escrito ese “sí”. Pero bueno, un “sí” es un “sí”, incluso si viene envuelto en la ambigüedad diplomática y el ruido de los cañones recién disparados. Lo realmente importante es que, según ella, recientemente no ha habido ataques cerca de las costas mexicanas. ¡Milagro! Quizá el simple anuncio de un posible acuerdo funcionó como el mejor elemento disuasorio. O quizá los cárteles están de vacaciones.
¿No es enternecedor ver cómo la geopolítica se reduce a esto? Dos naciones, vecinas y supuestas aliadas, negociando básicamente el derecho a ser los primeros en perseguir a los malos en el patio trasero de uno de ellos. Todo para evitar que el vecino, con un historial reciente un poco disparatado, decida que la solución es la obliteración total. Un verdadero cuento de cooperación binacional para los libros de historia.
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