La Austeridad de Cuarta que Vuela en Jet Privado
En un giro que nadie, absolutamente nadie, vio venir, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo decidió que lo mejor para apagar un incendio de hipocresía era echarle gasolina, pero con estilo. La mandataria, con una serenidad envidiable, evitó meterse en el pantanoso debate sobre el uso de un avión privado por parte del siempre sutil senador de Morena, Gerardo Fernández Noroña. Su argumento fue una joya de la dialéctica moderna: “a cada quien nos evalúa la gente“. Una frase tan profunda como un charco, que básicamente significa “allá ustedes, queridos ciudadanos, con sus preocupaciones burguesas sobre el uso de recursos”.
Todo este circo aeronáutico comenzó cuando el senador Fernández Noroña, en un arrebato de sinceridad que debe haber dejado temblando los cimientos de la Cuarta Transformación, no solo justificó su paseíto en jet para una gira en Coahuila, sino que soltó la bomba: la propia presidenta de la República ha hecho uso de vuelos no comerciales en determinadas circunstancias. ¡Vaya revelación! ¿Quién iba a imaginar que en la política mexicana, famosa por su transparencia y modestia, ocurrieran estas cosas?
El Arte de No Debair y la Transparencia Opaca
Ante una pregunta expresa en su conferencia de prensa en Palacio Nacional, Sheinbaum, con la elegancia de una gata bajándose de un muro, declaró: “No voy a entrar en debate con él. Ya que cada quien es libre de opinar… No voy a entrar en debate”. Repetirlo dos veces, por si acaso alguien en la sala no había captado el mensaje de que no hay mensaje. Mientras tanto, Noroña, desde su atalaya de cuatro plazas, aseguraba que no tiene que transparentar nada porque él va a seguir recorriendo el país. Claro, porque ¿qué mejor símbolo de conexión con el pueblo que un avión bastante pequeño (pero privado, eso sí) sobrevolando sus cabezas?
La situación se puso tan surrealista que alguien, con un atisbo de esperanza, le recordó al senador que los vuelos de la presidenta en aviones del Ejército son, técnicamente, cosa distinta. La réplica de Noroña fue una obra maestra de la lógica flexible: “No, por eso, pero esos no se usan regularmente por la presidencia. En la política de austeridad… por eso, por eso”. Ah, entonces la austeridad es como un menú degustación: se aplica según el platillo y el comensal. Cuando los periodistas, empeñados en estropear la fiesta, le insistieron: “¿Le parece austero usar aviones privados?”, el senador soltó la perla definitiva: “Me parece que cuando se requiere un vuelo privado, hay que hacerlo, punto”. Punto y final. O punto y seguido, porque uno sospecha que este espectáculo de dobles morales tiene para rato.
Aquí es donde la situación incorrecta se convierte en una comedia de enredos. Por un lado, la compañera presidenta ha sido muy clara en que no se deben utilizar los aviones privados. Por el otro, su senador estrella los usa y lo justifica con un “ella también lo ha hecho, pero de otra manera”. Es el equivalente político de “mi papá me dejó hacerlo”. La pregunta del millón, que flota en el aire como el olor a combustible de avión, es: ¿quién define esas determinadas circunstancias? ¿Hay un comité de austeridad que evalúa si tu viaje a Coahuila es lo suficientemente crucial para merecer un jet, o es más bien un “yo sé cuándo y cómo”?
Mientras los ciudadanos de a pie evalúan, como tan amablemente les ha sugerido la presidenta, este despliegue de coherencia, uno no puede evitar preguntarse si la verdadera Cuarta Transformación es la de nuestros conceptos sobre lo que significa ser austero. ¿Es austeridad volar en un avión de cuatro plazas en lugar de uno de cien? ¿Es transparencia negarse a dar explicaciones porque “la gente ya evaluará”? Es como si la famosa república amorosa se estuviera transformando, ante nuestros ojos, en una república de “háganse bolita”.
Al final, el mensaje que queda flotando es más claro que el aire en la cabina de un avión privado: las reglas, como los asientos, son ajustables. Y la evaluación de la gente, ese tribunal abstracto, es el perfecto chivo expiatorio para no tener que dar la cara en un debate incómodo. Una lección magistral en el arte de la política contemporánea: cuando la realidad te supera, métete en un jet y vuela lejos del problema.
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