Un escritor que nunca necesitó redes sociales para ser trending topic
El universo literario está de luto, aunque seguramente Vargas Llosa ya esté discutiendo en el más allá con Sartre sobre el “compromiso del escritor”. El premio Nobel peruano falleció este domingo en Lima a los 89 años, dejando atrás una obra tan monumental como sus contradicciones. Sus hijos Álvaro, Gonzalo y Morgana anunciaron la noticia con un comunicado tan pulcro como él hubiera querido: sin ceremonias públicas, solo familia, amigos cercanos y, por supuesto, una incineración digna de un personaje de sus novelas.
De “¿En qué momento se jodió el Perú?” a “¿En qué momento se volvió inmortal?”
Autor de frases que duelen más que un ojo morado (literalmente, pregúntenle a García Márquez), Vargas Llosa fue un maestro de la narrativa y un polemista nato. ¿Progresista en lo moral pero neoliberal en lo económico? Sí, porque ¿qué gracia tendría ser predecible? Desde La ciudad y los perros hasta La fiesta del Chivo, sus obras retrataron el poder con la sutileza de un machete. Y el Nobel en 2010 solo confirmó lo obvio: que era un genio, aunque la Academia Sueca tardara décadas en darse cuenta (¿será que no le perdonaron su flirt con Thatcher?).
Su vida fue tan novelesca como su ficción: criado entre Bolivia y Perú, exiliado en Europa, candidato presidencial derrotado, amante de su tía Julia (sí, esa historia dio un bestseller) y, finalmente, caballero de la Académie Française sin escribir una línea en francés. Porque, claro, ¿para qué seguir las reglas cuando puedes reescribirlas?
“No quiero convertirme en estatua”, decía. Y vaya que lo logró: hasta el final siguió escupiendo verdades incómodas, como en Tiempos recios, donde cuestionó la política exterior de EE.UU. con la elegancia de quien sabe que la inmortalidad ya está garantizada en las páginas de sus libros.
¿Moraleja? Si quieres ser recordado, escribe como los dioses, discute como un mortal y deja que el escándalo te siga como un perro callejero (preferiblemente rescatado de una perrera, como el Batuque de sus memorias).
¿Qué sigue? Releer sus obras, porque, como él mismo dijo: “La literatura alivia nuestra condición perecedera”. Y si te gustó este homenaje irónico (como él hubiera preferido), ¡compártelo! La polémica, al fin y al cabo, también es un tributo.




