El despertar (irreverente) de los zoomers
Parece que la Generación Z mexicana, esa que según los boomers solo vive pegada al TikTok, decidió cambiar el scroll infinito por la plaza pública. Este conglomerado de jóvenes, entre los 13 y 28 años, se ha revelado como un actor social que combina el escepticismo crónico con la precariedad económica y un profundo *side eye* hacia la clase política. No es un capricho: es la respuesta a un cóctel explosivo de incertidumbre, desconfianza y la sensación de que el futuro pinta más *dystopian core* que *dream job*.
Todo empezó, como cualquier cosa relevante en este siglo, en las redes sociales. Pero no con un manifiesto aburrido, ¡por favor! El detonante fue una mezcla surrealista: imágenes generadas con inteligencia artificial y símbolos de *One Piece*, el anime del pirata que busca un tesoro. Una alegoría perfecta, si lo piensas. El asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, fue la chispa que transformó el *shitposting* en rabia colectiva y llevó la protesta del mundo digital a las calles.
La respuesta oficial: de la ignorancia a la teoría conspiranoica
El movimiento se hizo tan visible que, finalmente, logró lo imposible: que el Gobierno federal le dedicara tiempo de antena. La presidenta Claudia Sheinbaum, desde la majestuosidad de Palacio Nacional, optó por la estrategia clásica del poder ante lo que no entiende: descalificar. Su diagnóstico fue que detrás de todo había una red internacional de desinformación, un ejército de bots y el respaldo de oscuros intereses empresariales. Básicamente, le echó la culpa a los *fantasmas* del internet, ignorando el malestar real que palpita en el territorio.
Como señala la especialista en discurso político Andrea Samaniego, de la UNAM, el simple hecho de que el Ejecutivo le dedicara espacio constante en sus conferencias matutinas delató una verdad incómoda: lo percibieron como una amenaza real. Fue un *plot twist* involuntario. Tanto insistir en que era un grupo marginal y sin impacto, solo logró evidenciar lo contrario. Fue como decir “no le hagan caso” gritándolo por un megáfono.
El clímax y la pausa (¿o el silencio antes de la tormenta?)
El punto álgido fue la marcha del 15 de noviembre en el Zócalo capitalino. Cerca de 17 mil personas, un mar de jóvenes, consignas creativas y, como suele pasar, enfrentamientos con la policía. El saldo: más de un centenar de heridos y detenciones. Fue el *main character moment* del movimiento. Sin embargo, las convocatorias posteriores tuvieron una asistencia mucho menor. Los analistas apuntan a lo obvio: la falta de demandas concretas y una agenda tan diversa como los gustos algorítmicos de sus integrantes llevaron a una dispersión natural.
¿Significa que se acabó? Los expertos advierten que sería un error monumental darlo por muerto. El movimiento está en pausa, sí, pero las condiciones estructurales que lo parieron siguen más vivas que nunca: la precarización laboral que convierte cualquier empleo en una *grind* sin recompensa, la imposibilidad de acceder a una vivienda (olvídate de comprar, hasta rentar es una epopeya) y la exposición constante a la violencia del crimen organizado. Mientras ese cóctel no se atienda, el descontento juvenil no desaparecerá; solo estará buffeando sus stats en la clandestinidad de los grupos de WhatsApp y los feeds de Instagram, esperando el próximo *trigger*.
La lección es clara: subestimar a una generación que aprendió a detectar el *fake* antes de aprender a atarse los cordones es un riesgo. Ellos no protestan con las reglas del viejo manual. Lo hacen con el lenguaje del ahora: memes, símbolos de la cultura pop y una desconfianza hacia el discurso institucional que es, quizás, su herramienta más poderosa. El malestar estructural tiene un nuevo rostro, y viene con filtro y conexión 5G.
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