Un decenio de simulación
Se supone que era la gran solución. El Sistema Nacional Anticorrupción (SNA) cumple diez años y su balance es un monumento a la farsa. Internacionalmente lo aplauden como modelo, pero aquí, en el terreno, es puro teatro.
Nació en 2016 con una ley que prometía poner al ciudadano en el centro. Un Comité de Participación Ciudadana con cinco figuras notables. Todo muy bonito sobre el papel.
La confesión de la expresidenta
La realidad la desnuda Vania Pérez, quien presidió el SNA. En una entrevista con EL UNIVERSAL, lo definió sin anestesia:
“el sistema es como un llamado a misa”
Dentro, dice, no hubo investigaciones serias por la falta total de voluntad de las dependencias. Y apunta directamente al auditor superior, David Colmenares:
“Constantemente se ha ausentado… Lleva cinco años que no asiste de manera regular a las sesiones… Desde mi punto de vista, la fiscalización debería ser el corazón”
Traducción: el supuesto corazón del sistema lleva media década en paro cardíaco.
Todos los organismos del SNA debían sesionar, evaluar casos y darles seguimiento hasta la sanción. Suena bien. El problema es que eso nunca ocurrió. Ni una sola vez en una década.
Hoy, la presidenta Claudia Sheinbaum admitió lo obvio: el sistema “no ha funcionado muy bien”. Promete modificaciones. Ya veremos.
Pero Pérez va más allá y señala el verdadero cáncer: la impunidad y el peligro de denunciar.
“Si yo, como presidenta del Sistema Nacional Anticorrupción , no puedo denunciar la corrupción , ¿qué le espera a un ciudadano?”
Ahí está la clave. Un sistema diseñado para combatir un problema cuyos integrantes tienen miedo de nombrarlo. Diez años después, la corrupción sigue ganando. Y el antídoto resultó ser placebo.




