La farsa de la protección
Los restos de Edith Guadalupe Valdés Zaldívar ya están bajo tierra. Ceremonia privada, como suele ser cuando el Estado falla y quiere pasar página rápido. La encontraron sin vida en el sótano de un edificio en Avenida Revolución 829.
Pero este no era un edificio cualquiera. Era un refugio oficial del Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas. El mismo sistema que debería salvaguardar vidas.
La ironía duele más que cualquier bala.
“Ese edificio está muy protegido; en la caseta siempre había más de un vigilante”, explicó a EL UNIVERSAL el periodista Luis Cardona, quien vivió allí.
Cardona conoce bien el mecanismo. Fue secuestrado y torturado en 2012 en Chihuahua. Sobrevivió, pero perdió todo: casa, familia, vida normal. Tras interpelar al expresidente López Obrador en 2019, recibió amenazas de muerte y entró al programa de protección.
Un laberinto de seguridad… inútil
El relato de Cardona describe una fortaleza aparente:
- Acceso controlado por cámaras y candado electrónico
- Tarjetas de acceso obligatorias para residentes y elevadores
- Tres cámaras en el sótano donde hallaron el cuerpo
- Monitoreo constante desde una caseta de vigilancia
- Renta entre 24 y 30 mil pesos mensuales
“Yo salí a tomar el sol en la terraza a respirar… Me sentía muy seguro, para mí la seguridad era muy efectiva”, declaró Cardona, quien ahora lamenta amargamente esas palabras.
Pero toda esa parafernalia se reveló como teatro. Alguien accedió al sótano y asesinó a Edith Guadalupe. Los protocolos fallaron o nunca existieron realmente.
La negligencia tiene nombre propio.
“Las fiscalías son corruptas, quien se ubica allí, pero todo el mundo sabe y las autoridades que dan protección a estos grupos”, acusó Cardona sin tapujos.
Su denuncia va más allá: él ha vivido la misma negligencia que sufrió la familia de la víctima. El mecanismo que debería protegerlos los mantiene en un limbo perpetuo.
El precio de decir la verdad
La vida actual de Cardona es el retrato del fracaso institucional:
- Vive “en una cárcel” según sus palabras
- No puede salir a la calle ni ver a su familia por seguridad
- Sufre paranoia, estrés, terrores nocturnos e insomnio
- Recibe atención psicológica por Zoom como consuelo digital
- Su casa tiene cámaras conectadas a Gobernación, rejas de acero y vigilancia de la Guardia Nacional
- Su medio “Diario 19” está inactivo por falta de recursos para pagar el hosting
“Ahora vivo en una cárcel”, resume con crudeza el periodista.
Su protección vence en junio de 2026. El reloj corre en su contra mientras pide a la fiscal Ernestina Godoy que revise su carpeta: “Ya les entregué un número de teléfono”, dice sobre su agresor identificado.
La memoria es lo único que queda.
La historia de Luis Cardona fue capturada en “Soy número 16”, cortometraje ganador del Premio Gabo en 2016. Un testimonio que debería haber sido suficiente advertencia.
Pero aquí estamos: otro cuerpo, otro refugio fallido, otra promesa rota. El mecanismo protege papeles, no personas. Y los periodistas siguen pagando con su libertad -y a veces con su vida- el precio de ejercer su oficio.




