Internacional
Veteranos que sirvieron a EE.UU. enfrentan ahora la amenaza de deportación
Un drama humano se desarrolla en Texas, donde quienes juraron lealtad a EE.UU. ahora enfrentan la pesadilla de la expulsión.
Un juramento de sangre mancillado
La historia de Julio Torres es un relato desgarrador que desafía la lógica y conmueve hasta el alma más endurecida. Después de ofrecer su vida en los ardientes desiertos de Irak con el Cuerpo de Marines de Estados Unidos, este hombre llevaba su devoción tatuada en la piel: la bandera estadounidense y el emblema de los Marines eran testigos silenciosos de un juramento de sangre y honor. Para él, aquella nación no era simplemente un lugar de residencia; era su hogar, la tierra por la que estuvo dispuesto a morir. Sin embargo, ese sueño se ha convertido en una pesadilla de dimensiones épicas.
La batalla no terminó cuando abandonó el campo de combate. Torres se vio sumido en las tinieblas del síndrome de estrés postraumático, librando una guerra interna contra sus propios demonios y la sombra de la adicción. De las cenizas de su dolor, surgió un nuevo propósito: convertirse en un pastor, un faro de esperanza que predicaba la redención y la libertad para quienes, como él, luchaban contra sus fantasmas. Pero hoy, una amenaza mayor se cierne sobre su existencia, una ironía trágica que parece extraída de un melodrama shakesperiano.
La tierra de la libertad se convierte en una prisión
El este de Texas, que alguna vez representó la promesa de un nuevo comienzo, ahora se siente como una cárcel de máxima seguridad. Cada sombra parece esconder un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). Cada viaje fuera de casa es una misión suicida, una apuesta arriesgada donde la libertad es la ficha. A pesar de poseer una tarjeta de residencia permanente —la anhelada “green card”— y un historial intachable de servicio militar, el destino le tendría una emboscada. El año pasado, bajo la administración de Biden, fue detenido por las autoridades migratorias. Y ahora, con la promesa del expresidente Trump de desatar redadas masivas y deportaciones a una escala sin precedentes, el pavor se ha apoderado de su corazón.
Nacido en México y emigrado legalmente a los cinco años, Torres ve cómo el suelo que defendió con su vida se resquebraja bajo sus pies. Sus palabras, cargadas de una emoción que corta como un cuchillo, resuenan como un grito desesperado: “¿Quiero dejar esta nación? No. Quiero servirla. Quiero seguir sirviendo a mi comunidad”, declaró con el alma en vilo a The Associated Press. “Me rompe el corazón que luché por esta nación para criar a mis hijos en esta nación, y ahora tengo que sacar a mis hijos de esta nación si me deportan. Entonces, ¿por qué luché?”. Este dilema existencial es el núcleo de una tragedia nacional que se repite en silencio.
Una legión de héroes olvidados al borde del abismo
Julio Torres es solo un soldado más en un batallón fantasma de más de 100,000 veteranos militares que, según estimaciones del Servicio de Investigación del Congreso, residen en Estados Unidos sin poseer la ciudadanía. Durante décadas, los reclutadores presentaron el servicio en las fuerzas armadas como un camino rápido hacia la naturalización, un pacto sagrado entre el inmigrante y su nación de acogida. Sin embargo, ese pacto ha sido quebrado. La estrategia migratoria de la administración Trump los ha colocado en la mira, transformando sus medallas en potenciales órdenes de deportación.
La alarma ha comenzado a resonar en los pasillos del poder. Legisladores demócratas han alzado la voz, consternados por la reciente oleada de veteranos expulsados del país o cuyos familiares han sido arrancados de sus hogares por el ICE. En un acto de urgente bipartidismo, el representante Mark Takano, demócrata de California, presentó un proyecto de ley que busca tender un puente sobre el abismo. La iniciativa, respaldada también por la republicana Maria Elvira Salazar de Florida y la delegada de Samoa Estadounidense, Amata Coleman Radewagen, obligaría al Departamento de Seguridad Nacional a identificar a los inmigrantes veteranos y brindarles una oportunidad real de regularizar su situación, además de facilitar y extender los plazos para solicitar la ciudadanía.
Takano, con la voz grave de quien describe una injusticia monumental, declaró a la AP: “Es muy importante que los estadounidenses comprendan las contribuciones de los no ciudadanos a nuestra seguridad nacional. A menudo se les presenta como amenazas a nuestra seguridad personal, pero esta es una historia sobre cómo desempeñan un papel esencial: un número tremendo de nuestras fuerzas militares actuales son no ciudadanos”. Sus palabras son un eco en la tormenta, un intento por devolver la humanidad a un debate envenenado por la retórica del miedo.
El amargo sabor de la traición
Torres revive con amargura el día en que la ira y la incredulidad lo consumieron. Fue llevado a un centro de detención para inmigrantes en Texas, una fría instalación que nada tenía que ver con el honor de los cuarteles. Su crimen: intentar reingresar al país después de una visita a familiares en México. El aeropuerto de Dallas-Fort Worth se convirtió en el escenario de su humillación, donde los agentes de Aduanas y Protección Fronteriza trataron a un exmarine como a un criminal. El viaje de regreso a casa se transformó en un descenso a los infiernos burocráticos, donde su servicio y sacrificio parecían no tener ningún valor.
Este es el clímax de un drama que se desarrolla a diario en la sombra. Es la historia de hombres y mujeres que vistieron el uniforme, que juraron lealtad a la bandera, y que ahora se enfrentan a la pesadilla de ser arrancados de las vidas que ayudaron a proteger. La pregunta flota en el aire, cargada de angustia: ¿Cómo puede una nación traicionar a quienes le ofrecieron todo? El destino de Julio Torres y de miles de veteranos inmigrantes pende de un hilo, un recordatorio sombrío de que a veces, los enemigos más grandes no están en el campo de batalla, sino en los laberintos de la ley y la ingratitud.
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Internacional
La UE prioriza el gasto militar en su paquete de ayuda a Ucrania
La UE destina 60.000 millones de euros a defensa ucraniana, condicionando el apoyo a reformas democráticas y lucha anticorrupción.
La UE prioriza el gasto militar en su paquete de ayuda a Ucrania
Bruselas ha desvelado los detalles de un plan financiero masivo para sostener a Ucrania durante los próximos años. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, confirmó este miércoles que la mayor parte de un nuevo programa de préstamos por valor de 90.000 millones de euros se destinará directamente a necesidades militares y defensivas.
El desglose es claro: 60.000 millones de euros (unos 70.000 millones de dólares) irán a apoyo militar, mientras que los 30.000 millones restantes se dedicarán a ayuda presupuestaria para estabilizar la economía ucraniana. Esto no es casualidad.
“Todos queremos la paz para Ucrania, y para eso Ucrania debe estar en una posición de fuerza”, declaró Von der Leyen al explicar la lógica detrás del gasto.
La estrategia europea se basa en una premisa simple pero costosa: la paz negociada solo llega desde una posición de fortaleza. Y construir esa fortaleza requiere armamento, equipamiento y una base industrial defensiva integrada con Europa.
Un paquete condicionado por reformas y contexto financiero
Pero el dinero no llega sin condiciones. Von der Leyen fue tajante:
“Estas condiciones no son negociables para ningún apoyo financiero”.
Ucrania debe emprender reformas democráticas profundas, con especial énfasis en el estado de derecho y la lucha contra la corrupción. Este punto es especialmente delicado dado el historial del país y las recientes tensiones internas, incluida la dimisión del jefe de gabinete presidencial Andrii Yermak tras una investigación anticorrupción.
El contexto financiero es apremiante. El Fondo Monetario Internacional estima que Ucrania necesitará unos 137.000 millones de euros entre 2026 y 2027. El paquete europeo cubre gran parte, pero no todo. La UE espera que otros aliados como Reino Unido, Canadá, Japón y Noruega ayuden a cerrar esa brecha, mientras el FMI prepara su propio préstamo multimillonario para el próximo mes.
El calendario es ajustado. La Comisión quiere que los fondos empiecen a fluir en abril, pero antes necesita el visto bueno de los países miembros y del Parlamento Europeo. Una vez aprobado, el dinero militar se usará principalmente para comprar equipos dentro del área económica europea (UE y países como Noruega), aunque se dejará una puerta abierta a adquisiciones fuera si resultan más efectivas.
Hay otro mecanismo interesante: en algunos casos, parte del dinero podría canalizarse a través de un esquema de la OTAN para que aliados europeos y Canadá compren armamento estadounidense y lo donen directamente a Kiev. Es un guiño a la interoperabilidad transatlántica.
La conclusión es clara: Europa está haciendo una apuesta estratégica a largo plazo. No se trata solo de mantener a Ucrania a flote económicamente, sino de fortalecer su capacidad defensiva mientras la ancla institucionalmente al bloque mediante reformas y una integración más profunda en su base industrial militar.
El mensaje subyacente para Moscú es tan económico como político: la UE está dispuesta a sostener este esfuerzo durante años, vinculando la reconstrucción futura al pago de reparaciones por parte de Rusia una vez finalice el conflicto.
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Internacional
Trump ordena a somalíes con TPS abandonar EE.UU. en marzo
La administración Trump cancela la protección a cientos de somalíes, en una medida que intensifica su agenda de deportación y genera protestas.
¡Temporal significa temporal! (Excepto cuando no)
Ah, la poesía burocrática. “La temporalidad significa temporalidad”, declaró con la solemnidad de un oráculo la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem. Qué frase tan profunda, tan filosófica. Casi tan profunda como el compromiso de esta administración con la coherencia. Porque, claro, cuando se trata de poner “a los estadounidenses primero”, ¿qué mejor manera que darle un ultimátum a 705 personas en un país de 330 millones? Una verdadera operación de seguridad nacional.
El gobierno del presidente Donald Trump anunció que pondrá fin al Estatus de Protección Temporal (TPS) para inmigrantes de Somalia. Sí, otra joya más en la corona de su agenda de deportación masiva. Porque nada dice “América First” como desestabilizar las vidas de cientos de personas que son, atención al dato, un “pequeño subconjunto” entre casi 1.3 millones de inmigrantes con TPS. Prioridades, ¿verdad?
Los somalíes afectados deben abandonar Estados Unidos antes del 17 de marzo, cuando expiren las protecciones existentes, extendidas por última vez por el expresidente Joe Biden.
Marzo. Una fecha límite perfecta. No muy lejana para causar pánico inmediato, pero lo suficientemente próxima para que planificar tu vida o tu huida sea un deporte extremo. Y todo esto ocurre mientras Minneapolis —hogar de una gran comunidad somalí— hierve por el asesinato de una manifestante a manos de un agente del ICE. Pura casualidad, sin duda.
La “mejoría” somalí y otras ficciones legales
El Departamento de Seguridad Nacional justifica la medida con un argumento que haría sonrojar a un novelista barato: las circunstancias en Somalia “han mejorado hasta el punto” de que ya no cumple los requisitos para el TPS. Me pregunto qué métricas usan para medir esa “mejoría”. ¿Menos balas por metro cuadrado? ¿Sequías ligeramente más cortas? Porque el pequeño detalle es que Somalia sigue siendo una de las naciones más pobres del mundo, asediada por décadas de conflicto crónico y desastres naturales.
Pero no me crean a mí. Crean al propio informe del Congreso de 2025, que señala que los somalíes habían recibido más de dos docenas de extensiones debido a la perpetua “inseguridad y el conflicto armado en curso que presentan serias amenazas para la seguridad”. ¿Serias amenazas? Bah, minucias. Probablemente solo sean exageraciones de quienes no entienden que “temporal” es un concepto flexible… hasta que a alguien se le antoja que ya no lo es.
Y aquí entra el toque personal del expresidente. Trump ha dirigido una retórica particularmente creativa contra los inmigrantes somalíes. Los ha acusado de defraudar programas federales y, en diciembre, soltó esta perla:
Dijo que no quería somalíes en Estados Unidos, afirmando que “vienen del infierno” y “no contribuyen en nada”.
Vienen del infierno. Una descripción geopolítica impecable. Sin distinciones entre ciudadanos y no ciudadanos, porque ¿para qué complicarse con detalles legales cuando tienes un buen eslogan?
La obsesión personal convertida en política pública
El capricho no termina ahí. Trump ha tenido palabras especialmente cariñosas para la representante Ilhan Omar, demócrata de Minnesota que emigró de Somalia siendo niña y es, oh sorpresa, ciudadana estadounidense. El mandatario ha sugerido repetidamente su deportación (genial idea, deportar a una congresista electa) y en un arrebato otoñal la llamó “basura”. Clase y elegancia desde la Oficina Oval.
Omar, quien ha criticado abiertamente el despliegue del ICE en Minneapolis, ha calificado esta fijación como “espeluznante e malsana”. Y uno piensa: ¿será que toda esta movida contra el TPS somalí es política pública meticulosa o simplemente el rencor personal escalado a nivel federal? Nunca lo sabremos… aunque las pistas apuntan fuerte a lo segundo.
El Congreso estableció el programa TPS en 1990 para ayudar a personas huyendo de condiciones inestables y amenazantes. Somalia recibió la designación en 1991 bajo George H.W. Bush debido a una guerra civil. Se ha extendido durante décadas porque —sorpresa— las condiciones inestables y amenazantes persistían. Hasta ahora, aparentemente.
Así que ahí están: cientos de personas atrapadas entre la retórica incendiaria de un expresidente obsesionado, una secretaria que repite eslóganes como mantras y un país de origen al que, según los papeles oficiales, ya no le pasa nada suficientemente malo como para merecer compasión.
Todo muy temporal. Todo muy absurdo.
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Internacional
Protestas y demanda judicial contra redadas de ICE en Minnesota
Estudiantes y activistas enfrentan redadas migratorias en Minneapolis, mientras autoridades estatales presentan demandas para detener las operaciones federales.
Tensión en Minneapolis por despliegue masivo de agentes migratorios
Las calles de Minneapolis se llenaron de tensión y gas lacrimógeno este martes. Agentes federales lanzaron gases y rociaron irritante contra activistas que protestaban cerca del lugar donde Renee Good fue fatalmente baleada la semana pasada por un agente de inmigración. Escenas caóticas se vivieron mientras un hombre se frotaba los ojos con nieve, gritando pidiendo ayuda, y agentes en un Jeep sin identificación rociaban el irritante naranja antes de alejarse.
“¿Quién no tiene silbato?”, gritó un hombre con una bolsa de ellos.
La protesta no fue aislada. En Brooklyn Park, estudiantes abandonaron sus aulas en solidaridad con el movimiento contra las operaciones migratorias, siguiendo el ejemplo de alumnos en otras partes del país. Este despliegue ocurre mientras Minnesota se convierte en el epicentro de lo que ICE describe como su mayor operación hasta la fecha, con más de 2,000 agentes enviados al estado.
La batalla legal se intensifica
Minnesota no se queda de brazos cruzados. El estado, junto con las ciudades de Minneapolis y St. Paul, presentaron una demanda contra el gobierno federal el lunes, buscando detener o limitar lo que califican como una “invasión federal” a las Ciudades Gemelas.
“Esto es, en esencia, una invasión federal de las Ciudades Gemelas en Minnesota, y debe detenerse”, afirmó el fiscal general del estado, Keith Ellison.
La demanda argumenta que el Departamento de Seguridad Nacional está violando protecciones constitucionales al enfocarse específicamente en un estado progresista que favorece a los demócratres. El alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, fue contundente al describir el impacto:
“Lo que estamos viendo son miles —en plural— miles de agentes federales entrando en nuestra ciudad. Y, sí, están teniendo un impacto tremendo en la vida cotidiana”.
Mientras tanto, Brita Anderson, quien vive cerca y acudió a apoyar a amigos del vecindario, expresó su indignación al ver a agentes con equipo táctico completo:
“Sentí que la única razón por la que vendrían aquí es para acosar a la gente”, señaló Anderson.
Respuestas políticas y movilización nacional
La muerte de Renee Good —una madre de tres hijos de 37 años— ha desatado decenas de protestas y vigilias por todo Estados Unidos. Su caso simboliza la creciente tensión entre comunidades locales y las políticas migratorias federales.
El Departamento de Seguridad Nacional reporta más de 2,000 arrestos en Minnesota desde principios de diciembre y promete no retroceder. Tricia McLaughlin, portavoz del departamento, respondió a la demanda acusando a las autoridades estatales:
“El trabajo del presidente Trump es proteger al pueblo estadounidense y hacer cumplir la ley, sin importar quién sea su alcalde, gobernador o fiscal general del estado”.
Pero las críticas continúan. El gobierno federal defiende al agente que disparó contra Good argumentando defensa propia —una versión cuestionada por Frey, el gobernador Tim Walz y otros basándose en videos de la confrontación.
La reacción política se extiende más allá de Minnesota. En Massachusetts, dos legisladores demócratas anunciaron un proyecto de ley para facilitar demandas contra agentes federales acusados de violar derechos civiles —aunque tiene pocas probabilidades en un Congreso controlado por republicanos. En Wisconsin, la vicegobernadora Sara Rodríguez propuso prohibir operativos migratorios cerca de escuelas, hospitales e iglesias.
Lo que viene: Un tribunal federal deberá decidir si suspende las operaciones mientras continúan las protestas. La comunidad observa si la presión legal y social puede cambiar el curso de lo que muchos residentes ven como una presencia militarizada desproporcionada en sus barrios.
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