Una muerte elegida, una familia dividida
Noelia Castillo tenía 25 años. Este jueves, en un hospital de Barcelona, recibió la medicación para poner fin a su vida. Lo hizo amparada por la ley española de eutanasia, pero solo después de librar una batalla judicial de casi dos años contra su propia familia.
Su padre, representado por el grupo conservador Abogados Cristianos, apeló hasta el último momento. Llegó al Tribunal Supremo y luego al Europeo de Derechos Humanos. Perdió en todas las instancias.
“Por fin lo he conseguido, ya ver si ya por fin puedo descansar”, dijo Noelia a Antena 3 el miércoles. “Porque ya no puedo más”.
Un caso que agita el debate
Desde su adolescencia, Noelia lidió con trastornos psiquiátricos. Tras una agresión sexual, intentó quitarse la vida en 2022. Las lesiones la dejaron en silla de ruedas. En abril de 2024, un comité médico en Cataluña aprobó su solicitud de eutanasia, considerando su sufrimiento “grave, crónico e incurable”.
Para su familia y sus abogados, ese fue el principio del conflicto. Argumentaron que su enfermedad mental la incapacitaba para decidir.
“La muerte es la última opción, y sobre todo cuando eres muy joven”, expresó Polonia Castellanos, presidenta de Abogados Cristianos.
Pero los tribunales vieron otra cosa. Vieron a una mujer que reafirmó su voluntad una y otra vez. España aprobó esta ley en 2021, y desde entonces más de mil personas han hecho uso de ella.
Lo que hace excepcional este caso es la juventud de Noelia y la oposición familiar pública. Ha removido conciencias.
Un grupo de defensa de personas con discapacidad en Madrid pidió revisar la ley. Javier Font, su presidente, fue claro:
“Antes de facilitar la muerte, el sistema debe garantizar de forma efectiva las condiciones para vivir con dignidad”.
Mientras, Abogados Cristianos habla de “fracaso” y pide derogar la norma.
Noelia no quería a su familia presente en sus últimos momentos. Dijo sentirse incomprendida. Pero también reconoció el dolor familiar.
“Ninguno de mi familia está a favor… porque soy otro pilar de la familia”, admitió. Y luego preguntó: “¿Y todo el dolor que he sufrido durante todos los años?”
Su cálculo final fue desgarradoramente simple: “La felicidad de un padre o una madre no debe superar la felicidad… de una hija”.
Su caso ya es parte del histórico —y doloroso— debate sobre quién decide cuándo el sufrimiento es suficiente.




