Mujeres pescadoras en Kenia: del mar al ecoturismo por la crisis climática
Nuru Mohammed, de 54 años, dirige a un grupo de mujeres que cuelgan redes de pesca como decoración en su nuevo restaurante en Malindi, al noreste de Mombasa. En pocos días abrirá sus puertas. “Para nosotras, las mujeres, esto es esperanza”, dice. “Ayudará a mantener a muchas familias que han dependido del océano durante décadas”.
A lo largo de la costa de África Oriental, los pescadores se reinventan. El cambio climático, la sobrepesca y el deterioro de los océanos amenazan sus medios de vida. En Kenia, las mujeres transforman manglares restaurados en fuentes de ingreso mediante apicultura y ecoturismo. En Zanzíbar, las comunidades protegen arrecifes con cierres gestionados localmente. En Mozambique, la restauración de praderas marinas crea empleos.
“Las comunidades que dependen del océano son también sus mejores guardianas”, señala Andréanne Martel, directora de proyectos del programa de conservación ReSea. “Cuando la población local, especialmente las mujeres, lidera la conservación, protege la biodiversidad y crea medios de vida más resilientes”.
Mohammed relata que le han robado embarcaciones y que le cuesta competir con arrastreros industriales. Una planta procesadora china cerca refleja los cambios. “No puedo competir con ese poder”, dice. “Ha sido duro. Luché por seguir siendo pescadora, pero creo que es una batalla que ya no puedo ganar”.
A 10 kilómetros, Beatrice Mwanyiro supervisa un vivero de manglares y un restaurante de Samahco, grupo de autoayuda de 30 mujeres apoyado por el gobierno canadiense. “Tenemos que adaptarnos. La cantidad de peces disminuye cada año. Sin otra fuente de ingreso no podremos alimentar a nuestras familias”, explica.
Mohamed Somo, líder pesquero en Lamu, dice que antes capturaban hasta 100 kilos de pescado por bote; ahora menos de 30. La ley keniana prohíbe la pesca de arrastre a menos de 9 kilómetros de la costa, pero algunos barcos operan más cerca. La pesca ilegal, no declarada y no reglamentada cuesta 23 mil millones de dólares anuales, según la FAO.
“Los barcos de arrastre pescan en alta mar de día, pero de noche entran a aguas someras donde trabajamos los artesanales. Para la mañana queda muy poco”, agrega Somo.
Jerry Mang’ena, de Action for Ocean en Tanzania, afirma: “Las comunidades costeras están en la primera línea del cambio climático, pero también son impulsores de la resiliencia. Si queremos proteger el océano, debemos invertir en quienes lo han cuidado”.
En la reciente Conferencia Nuestro Océano en Mombasa, organizaciones pidieron ratificar el tratado BBNJ (alta mar), que entró en vigor en enero y ha sido firmado por 145 países y ratificado por 81. Aliou Ba, de Greenpeace África, dice: “El acuerdo ofrece una oportunidad histórica para proteger la alta mar y enfrentar la pesca ilegal que priva a las comunidades de alimentos e ingresos. Los gobiernos no pueden demorarse”.




