Un cuerpo, dos historias
Seis décadas después, la tierra devolvió lo que la guerra se llevó. La Unidad de Búsqueda confirmó este lunes lo que muchos daban por perdido: los restos del sacerdote Camilo Torres, el hombre que cambió el hábito por el fusil.
Los encontraron en un cementerio de Bucaramanga. Luz Janeth Forero, directora de la entidad, fue clara:
“Los análisis forenses interdisciplinarios confirmaron que las estructuras óseas halladas corresponden al sacerdote.”
La entrega fue privada. Íntima. Con esos protocolos humanitarios que intentan poner dignidad donde solo hubo violencia.
El fantasma que nunca se fue
Torres no era cualquier cura. Nacido en cuna burguesa en 1929, se volcó a defender a los pobres hasta el extremo. En 1965 tomó una decisión que aún hoy genera escalofríos: se unió al ELN para la lucha armada.
Murió rápido. El 15 de febrero de 1966, en su primer enfrentamiento con el Ejército. Su cuerpo desapareció. Pero su leyenda creció.
Para el ELN, se convirtió en símbolo sagrado. Para otros, en el ejemplo perfecto de hasta dónde puede llevar la frustración social.
Lo curioso es cómo lo encontraron. Una pista militar vieja los llevó al cementerio. Exhumación, perfil biológico preliminar y luego… la prueba definitiva: ADN con familiares.
El timing no es casual.
Esto llega cuando los diálogos de paz entre el ELN y el gobierno de Petro están suspendidos desde hace un año. Las tensiones políticas respiran pesado.
Para muchos sectores, esto reabre heridas viejas. ¿Fue Torres un mártir o un equivocado? ¿Un sociólogo brillante que derivó en teología de la liberación y luego en guerrilla? ¿O un precursor necesario?
Su cuerpo ya tiene destino conocido. Pero su legado sigue caminando sin rumbo fijo por la memoria colombiana.




