Cuando el Vaticano necesitaba un héroe (o al menos alguien que no mirara hacia otro lado)
Imaginen esto: un grupo religioso con más secretos turbios que un episodio de Black Mirror, líderes con complejo de mesías y abusos que harían sonrojar hasta al más desvergonzado. Así era el Sodalicio de Vida Cristiana, una organización que, bajo el disfraz de “soldados de Dios”, escondía prácticas tan cuestionables que hasta el Vaticano tardó décadas en reaccionar. Pero cuando lo hizo, fue gracias a un hombre: León XIV (antes conocido como Robert Prevost), el papa que pasó de ser el obispo “cool” que escuchaba a las víctimas a convertirse en el blanco favorito de los defensores del statu quo eclesiástico.
De cocineros, periodistas y un obispo que sí leía los mensajes
La historia del Sodalicio es tan retorcida como un guión de Tarantino. Fundado en 1971 por Luis Fernando Figari—un tipo cuyo currículum incluía narcisismo, paranoia y obsesión sexual, según un informe interno—, el grupo reclutaba jóvenes prometiéndoles una vida espiritual, pero les entregaba pesadillas. José Rey de Castro, ex cocinero personal de Figari, lo resume así: “¿Qué puedo decir de él? Que me escuchó”. Parece básico, pero en una institución donde el silencio era la moneda corriente, Prevost (antes de ser papa) fue el raro que contestó los WhatsApp de las víctimas.
Mientras la jerarquía peruana y el Vaticano de Juan Pablo II hacían ghosting a las denuncias, Prevost ayudó a organizar reparaciones económicas, reuniones clave con el papa Francisco e incluso protegió a periodistas como Paola Ugaz y Pedro Salinas, quienes destaparon el escándalo en su libro Mitad Monjes, Mitad Soldados. Cuando el Sodalicio les lanzó demandas por difamación, Prevost no solo los defendió, sino que logró que Francisco se “enojara” (y cuando un papa se enoja, las cosas se mueven).
El karma (y los trolls) llegan para el nuevo papa
Pero aquí está el plot twist: ahora que Prevost es León XIV, sus enemigos buscan hundirlo. Desde acusaciones de encubrimiento en casos de abuso en Chiclayo hasta una campaña de difamación orquestada por ex miembros del Sodalicio, el primer papa estadounidense de la historia enfrenta un desafío mayúsculo. ¿La ironía? Quienes lo atacan son los mismos que él ayudó a desenmascarar. Anne Barrett-Doyle, de BishopAccountability.org, lo resume con elegancia: “Puede ser héroe para unos y villano para otros”. Vaya novedad.
Lo cierto es que, en una Iglesia donde el cover-up fue política oficial durante décadas, León XIV al menos intentó romper el molde. Claro, no es perfecto (¿quién lo es?), pero comparado con sus predecesores, su historial parece escrito por un guionista progresista. Eso sí: en el Vaticano, como en Twitter, los haters siempre encuentran algo para criticar.
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