Un paciente de alto perfil (y alto riesgo)
Parece que la vida del expresidente brasileño Jair Bolsonaro no puede ser más tranquila ni menos cinematográfica. Mientras cumple una conidena de 27 años de prisión por intentar, digamos, “reformar” el sistema democrático a su manera, su cuerpo decidió añadir un drama médico a la trama. El jueves, el caballero se sometió a una cirugía de doble hernia en un hospital de Brasilia. Su familia, en un comunicado que seguramente redactaron entre lágrimas de… algo, informó que el procedimiento duró tres horas y media y, afortunadamente, no hubo complicaciones. Qué alivio, porque con el historial clínico del personaje, uno ya se imagina a los cirujanos abriendo el abdomen y encontrando, además de las hernias, un par de planes de insurrección y una copia enmarcada de la constitución con anotaciones en rojo.
Por supuesto, para salir de su suite privada en la sede de la policía federal (con aire acondicionado, baño propio y todo, porque la austeridad carcelaria es relativa), necesitó un permiso especial. El juez Alexandre de Moraes, el mismo que lo mandó a ese hotel de cinco estrellas con rejas, autorizó la operación. Eso sí, con la típica mezcla de clemencia y firmeza judicial: “Sí a la cirugía, no al arresto domiciliario“. Moraes, claramente, no se fía ni un pelo de que una hernia pueda convertirse en un pasaporte hacia la libertad. Y quién lo culpa, con un paciente que tiene más reincidencias políticas que un reality show.
La convalecencia viene con agenda política
Pero no crean que nuestro protagonista va a desperdiciar el tiempo entre analgésicos y suturas. ¡Para nada! La convalecencia es el momento perfecto para los grandes movimientos estratégicos. Antes de que lo durmieran con anestesia general, Bolsonaro encontró tiempo para escribir una carta manuscrita (qué detalle tan vintage y personal) designando a su hijo, el senador Flávio Bolsonaro, como el candidato presidencial del Partido Liberal para las próximas elecciones. Porque, ¿qué mejor legado que pasar el testigo dinástico desde una habitación de hospital, con un juez vigilante y una condena de casi tres décadas sobre la cabeza? La carta, leída con solemnidad por el heredero, habla de restaurar la “prosperidad” y la “justicia”. Uno se pregunta si la prosperidad incluye también un manual de cómo evitar los golpes de estado fallidos, que suelen ser malos para la economía.
El contexto, por si alguien lo había olvidado, es de antología. Bolsonaro y varios compinches fueron condenados por un panel de jueces por intentar derrocar el sistema democrático tras perder las elecciones de 2022. Los planes, según los tribunales, incluían desde asesinar a rivales como Lula da Silva o al propio juez Moraes, hasta fomentar una insurrección. Cosas de niños, vaya. El expresidente, como es tradición en estos casos, ha negado cualquier delito. Seguramente todo fue un malentendido, una reunión de amigos discutiendo sobre democracia y anatomía (lo de las hernias vendría después).
Mientras se recupera, Bolsonaro disfruta de la compañía de su esposa, Michelle, y de visitas familiares autorizadas. Un detalle encantador es que, aunque tiene acceso libre a sus médicos y abogados, cualquier otro visitante necesita el visto bueno del Supremo Tribunal. Imaginen la escena: “¿Viene a traer flores o a planear un motín? Firme aquí, por favor”. La vida, al fin y al cabo, es una cuestión de prioridades. Y la prioridad ahora es sanar las hernias, mientras las heridas de la democracia brasileña intentan cerrarse, contra viento, marea y cartas de designación presidencial escritas desde la cama de un hospital.
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