Un martes para llorar (y reír) con Cristian Castro
Normalmente, un martes es para planear la semana. No para ir a un concierto a soltar lagrimones. Pero Cristian Castro, en el Auditorio Nacional, rompió el manual. Vistiendo morado y con una escenografía que parecía sacada de un arcade retro, convirtió la noche en una mezcla extraña y perfecta: drama romántico, humor y nostalgia pura de los 90.
Lo primero que notás: la voz sigue ahí. Esos agudos que lo hicieron inconfundible en la radio latina sonaron con una fuerza que te transporta al instante. Arrancó con “Se fue el sol” y el ambiente ya estaba caliente.
“Hola México”, saludó, antes de soltar un halago clásico pero efectivo: “ustedes son las estrellas”.
La noche fue una construcción maestra de nostalgia. En un momento, preguntó directamente al público:
“¿Quién vino a llorar? Es martes y están medio más o menos, ¿verdad? Es difícil llorar en martes… ¿sí puedes? Vas a poder”.
Risas. Gritos. Y la confirmación de que todos estábamos ahí por lo mismo: por sentir.
Los momentos que definieron la noche
El recinto se transformó en un coro masivo para himnos como “Mi vida sin tu amor”, “Azul” o “No podrás”. Pero no todo fue melancolía. Castro también se mostró juguetón.
Bromeó sobre su físico, diciendo que su método para bajar de peso fue simple: “dejar de comer migajón”. Hizo un medley sorpresa mezclando “Lloviendo estrellas” con el coro de “Friday I’m in Love” de The Cure. Tocó el pandero. Hasta firmó… un plátano.
Sí, leíste bien. Prometió esa fruta como premio a quien recordara “Solo dame una noche”, eligió a un fan y le autografió la banana antes de lanzarla al público. Absurdo. Genial.
Entre el público, caras conocidas: Julio César Chávez (que hasta subió a abrazarlo), Pati Chapoy, Maxine Woodside. El cantante cambió de looks –del morado inicial a un smoking– mientras repasaba temas como “Por amarte así” y “Es mejor así”.
Casi al final, dedicó “Lloran las rosas” a su abuela. Cuando se fue del escenario tras el encore, el Auditorio seguía iluminado por miles de celulares. Nadie quería dejar de cantar.
Cerramos con “Azul”, claro. Porque algunos himnos no pasan de moda. Y porque a veces, incluso un martes, está bien ir a llorar un rato.




