El espectáculo debe continuar… o al menos, los trámites
En un giro que nadie vio venir (o quizás todos, porque esto pasa más seguido que los reboots de Spiderman), la Embajada de Estados Unidos en la Ciudad de México ha salido a aclarar el pequeño detalle del colapso gubernamental parcial. Con la sutileza de un elefante en una cacharrería, el gobierno más poderoso del mundo ha dejado de financiarse a sí mismo porque, al parecer, ponerse de acuerdo es una habilidad que no viene incluida en el manual de funciones del Congreso.
Así es, queridos aspirantes a cruzar la frontera norte: desde este glorioso 1 de octubre, el flujo de dinero federal se ha esfumado como las esperanzas de un mexicano en la fila del consulado un viernes por la tarde. La razón oficial: una falta de acuerdo entre republicanos y demócratas. ¿Les suena? Es esa misma telenovela donde los personajes discuten eternamente, la trama no avanza y los televidentes solo queremos que alguien cancele el programa de una vez.
Prioridades en tiempos de caos: papeles primero, funcionarios después
En un comunicado que rezuma un optimismo digno de mejor causa, la Embajada ha declarado que los servicios programados de visas seguirán en pie… por lo pronto. Esa última frase es la joya de la corona, el equivalente diplomático a “crucemos los dedos y recemos porque no se nos acabe la tinta de los sellos”. La noticia asegura que los trámites continuarán “en la medida que la situación lo permita”. ¿Y qué significa eso exactamente? ¿Que si encuentran un pasante que sepa dónde guardan los formularios I-20? ¿Que los consulares harán rifas para pagar la luz y poder imprimir las visas?
Pero no todo es color de rosa en este circo burocrático. Mientras ustedes, ciudadanos del mundo, pueden seguir soñando con su visa de turista, la cuenta oficial de X de la Embajada entrará en un silencio sepulcral. Así es, en la era de la hiperconectividad, el principal canal de comunicación se apagará “hasta que se reanuden completamente las operaciones”. O sea, tu cita para la visa está a salvo, pero si quieres un meme gracioso del embajador, mejor espera sentado.
La excepción, nos cuentan, sería para publicar información urgente sobre seguridad y protección. Lo que nos lleva a preguntarnos: ¿considerarán “urgente” un tuit advirtiendo que se les acabó el café en la oficina de San Jerónimo? ¿O un hilo explicando cómo la falta de fondos afecta la calidad del gel antibacterial en las salas de espera? El misterio permanece.
Resulta curiosamente paradigmático que un gobierno que no puede pagar a sus empleados sí pueda mantener abierta la maquinaria de emitir permisos de entrada. Parece que algunas funciones consulares son tan vitales que incluso el apocalipsis presupuestario les pasa por el lado. Es reconfortante saber que, en medio del derrumbe institucional, hay valores que se mantienen inalterables: el derecho de cualquier persona a hacer fila durante horas para que le tomen las huellas digitales.
Uno casi puede visualizar la escena: funcionarios trabajando a la luz de las velas, compartiendo un mismo bolígrafo entre diez escritorios, imprimiendo visas en papel reciclado… pero imprimiéndolas al fin y al cabo. El sueño americano, al parecer, es a prueba de cierres gubernamentales. O tal vez es que las visas generan sus propios fondos, en una suerte de economía circular donde tu dinero para el trámite es lo único que mantiene encendida la luz en ese cubículo donde alguien revisa tu declaración de impuestos.
¿No es enternecedoramente absurdo? El país que pone un hombre en la luna no puede ponerse de acuerdo para pagar sus cuentas terrestres, pero sí puede garantizar que el proceso para entrar a dicho país siga su curso. Es como si el Titanic se estuviera hundiendo pero los músicos de la banda insistieran en seguir tocando mientras venden boletos para el siguiente viaje. La coherencia no es precisamente el fuerte en esta situación.
Y mientras tanto, en México, seguiremos pendientes de nuestras citas, preguntándonos si llegaremos a ver al oficial consular o si en su lugar nos atenderá un robot programado con los últimos fondos disponibles. Porque al final del día, lo importante es que el espectáculo debe continuar, incluso si el teatro se está incendiando. Al menos podremos documentar muy bien nuestro viaje hacia las llamas.
¿La moraleja de esta historia? Que la burocracia es como una especie de cucaracha: sobrevive a cualquier catástrofe. Mientras los políticos se pelean por quién tiene el lapicero más bonito, los trámites continúan. Es casi poético, si no fuera por el hecho de que estamos hablando de permisos de entrada a un país que técnicamente no puede pagar su nómina.
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