El héroe de otros octubre cae en el momento más inoportuno
Parece que la ley del karma, o quizás solo un músculo rebelde, decidió hacer su aparición estelar en el tercer juego de la Serie Mundial. George Springer, el bateador designado de los Azulejos de Toronto, decidió que abanicar con tanta pasión no era bueno para su salud y abandonó el partido tras lesionarse en un foul. Porque, ¿qué es una serie final sin un drama de última hora que le dé sabor a la telenovela deportiva?
El momento cumbre de esta tragicomedia llegó en la séptima entrada, cuando un sinker del relevista Justin Wrobleski de los Dodgers de Los Ángeles fue recibido por Springer no con un hit glorioso, sino con un gesto de dolor. El personal médico de Toronto acudió raudo y veloz, como si se tratara de una emergencia nacional, para escoltar al jugador fuera del campo. Por suerte, el Dodger Stadium no se vino abajo, aunque los abucheos sí cesaron por un momento, quizás por pura confusión.
Una noche para el olvido… o no tanto
Para ser justos, la velada de Springer no era exactamente brillante antes de la lesión. Cero imparables y dos ponches en sus primeros tres turnos al bate. Una actuación tan memorable como un partido de pretemporada. Y, por supuesto, los aficionados de los Dodgers, esos seres de memoria elefantiásica, no perdieron la oportunidad de recordarle con sus cánticos su papel de MVP en la Serie Mundial de 2017 con los Astros. Aquel título, tan sabroso en su momento y luego tan… complicado por el pequeño detalle del robo de señales institucionalizado en Houston. Cosas que pasan.
Es irónico, ¿verdad? Que el hombre que anotó la carrera del triunfo para los Azulejos en el séptimo juego de la Serie de Campeonato de la Liga Americana con un jonrón de tres carreras, llevando al equipo a su primera Serie Mundial desde 1993, termine su noche abucheado y lesionado por un foul. El béisbol es un deporte de poesía narrativa, a veces demasiado obvia en sus giros argumentales.
En su lugar entró Ty France, quien heredó una cuenta de 0-1 y, en un giro que nadie vio venir (mentira, todos lo vimos venir), también fue ponchado. Al menos fue un turno de ocho lanzamientos, lo que le da un toque de épica a la derrota. Mientras tanto, Springer, que había conseguido tres imparables en los dos primeros juegos de la serie en Toronto, probablemente empezaba a aplicar hielo y a preguntarse si no sería mejor dedicarse al golf.
Así quedan los Azulejos, con su bateador estelar en el dique seco y la afición de Los Ángeles coreando canciones del pasado. Porque en el deporte de alta competencia, a veces el mayor enemigo no está en la montura rival, sino en un simple y traicionero movimiento de bateo.
¿Te gustó este análisis cargado de ironía y datos jugosos?Comparte este artículo en tus redes sociales y lleva un poco de humor ácido a tu comunidad de béisbol. Explora más de nuestro contenido para seguir al tanto de todos los absurdos y maravillas del mundo deportivo.



