El rock and roll de la cuna al tribunal
Parece que la vida de Liam Gallagher, el eterno bad boy del rock británico, ha decidido emular el guion de una telenovela disfuncional con banda sonora de guitarra distorsionada. A sus 53 primaveras (o más bien 53 inviernos londinenses y un océano de Jack Daniels), el vocalista de Oasis acaba de añadir un nuevo y peculiar título a su currículum vital: abuelo. Sí, ha leído bien. El hombre que una vez escupió desde un escenario y se pavoneó como si el mundo le debiera algo, ahora debe contener la bilis para hacer cucús a un bebé. La ironía es tan densa que se podría cortar con un cuchillo.
La feliz noticia, porque supongo que lo es, llegó a través del moderno ritual de anuncio vital: las redes sociales de su primogénita, Molly Moorish-Gallagher. La joven, de 27 años y fruto de su tempestuoso romance con la cantautora Lisa Moorish en los lejanos y salvajes años 90, presentó al mundo a Rudy, el nuevo y pequeño heredero del clan Gallagher. Las fotografías, cuidadosamente curadas, muestran a Molly y a su pareja, el futbolista Nathaniel “Nat” Phillips, en pose idílica, mostrando la cuna y sosteniendo al recién llegado. Uno casi puede imaginar a Liam en segundo plano, buscando desesperadamente un par de gafas de sol dentro de casa para ocultar las ojeras, no vaya a ser que el bebé herede su famoso ceño fruncido.
El árbol genealógico gallagheriano: Un rompecabezas con piezas de rock
Para quien lleve dos décadas en un coma o se haya perdido en el desierto, hacer un mapa de la progenie de Gallagher requiere un máster en relaciones públicas y una botella de whisky. Además de Molly, el músico es padre de Lennon (de su matrimonio con Patsy Kensit), Gene (de su relación con Nicole Appleton) y, oh sí, cómo olvidarla, Gemma, la niña nacida de su brevísimo y seguramente muy pragmático romance con la periodista Liza Ghorbani. Molly, la hija mayor, ha sabido navegar las turbulentas aguas de la fama familiar con cierta elegancia, participando en campañas de moda y, he aquí el giro de guion más jugoso, manteniendo una relación cordial con su tío Noel Gallagher. Sí, el mismo Noel con el que su padre no intercambia más que miradas asesinas y declaraciones pasivo-agresivas a través de la prensa desde que Oasis explotó en mil pedazos. Uno se pregunta si en las cenas familiares se sientan en extremos opuestos de una mesa de diez metros, comunicándose a través de walkie-talkies.
Pero justo cuando pensábamos que la trama se centraría en pañales y nanas, la vida, o un abogado hambriento, tiene que añadir conflicto. Resulta que mientras Liam se prepara para comprar sonajeros de edición limitada, también debe enfrentarse a una demanda millonaria de siete millones de libras por la manutención de su hija Gemma. La justicia, esa entidad tan poco rockera, lo acusa de haberse desentendido de su paternidad con la pequeña. Tanto es así, que el astro del rock ha sido multado por faltar a las audiencias judiciales. ¿Demasiado ocupado eligiendo el tono exacto de gris para su nueva sudadera con capucha? ¿O tal vez confundió la citación con la lista de rider para un backstage? La imagen del rudo rockero esquivando a un ujier con la misma agilidad con la que esquivaba los botes de cerveza en el escenario es, cuanto menos, cinematográfica.
Así que aquí lo tenemos: el mismo hombre que una vez cantó “Wonderwall” ahora se encuentra entre la dulzura de ser abuelo y la amargura de un pleito legal. Es una dualidad tan británica como el té con leche y una buena pelea de pub. Por un lado, el ciclo de la vida, la familia, la continuidad. Por el otro, abogados, demandas y la persistente negativa a aceptar responsabilidades de un adulto. ¿Se convertirá el pequeño Rudy en el pacificador definitivo de los Gallagher? ¿O su primer balbuceo será “pleito”? La vida de Liam Gallagher demuestra que el rock and roll nunca muere, simplemente se somete a una orden de alejamiento y paga una fianza.
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