Cuando los elogios políticos suenan a telenovela panamericana
Ah, la diplomacia latinoamericana: donde un discurso puede convertir a una mandataria en heroína de acción colectiva con la misma facilidad con que se olvidan las promesas electorales. La vicepresidenta colombiana Francia Márquez, en un arranque de entusiasmo que hubiera hecho llorar a Simón Bolívar (o al guionista de El derecho de nacer), coronó a Claudia Sheinbaum como nada menos que “la presidenta de todas las mujeres latinoamericanas”. ¿Y aquí quién avisó a las otras 330 millones? Seguro fue un mail que se perdió en spam.
De repente, Sheinbaum es la Wonder Woman de la región
Entre aplausos del Senado mexicano —que, seamos honestos, aplaudirían hasta un anuncio de aumento de impuestos si va con retórica inspiradora—, Márquez soltó perlas como “gracias por su dignidad”. Porque claro, en un continente donde las políticas públicas para afrodescendientes brillan por su ausencia, nada reconforta más que un título honorífico. Eso sí, la colombiana no desperdició la oportunidad para recordar que los afromexicanos viven en la marginalidad (sorpresa: como casi todos los grupos históricamente olvidados).
El broche de oro fue la propuesta de crear un bloque diplomático entre Latinoamérica, África y Europa. ¿Suena ambicioso? Sí. ¿Tan viable como un unicornio en el metro? También. Pero qué importa cuando tienes frases grandilocuentes y una agenda de reparación histórica que, entre discurso y discurso, avanza a la velocidad de un trámite burocrático.
¿Moraleja? En política, a veces basta con un buen micrófono y una dosis de idealismo para que te ovacionen. El resto —presupuestos, acciones concretas— ya vendrá… o no.
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