Un espectáculo de optimismo en medio del naufragio
Ah, la Organización de las Naciones Unidas. Ese faro de esperanza y burocracia que, mientras reflexiona sobre su propia irrelevancia con la profundidad de un meme de internet, aún logra lo imposible: congregar a un ejército de filántropos, ONGs y fundaciones en Nueva York para una semana maratónica de conferencias, reuniones y, lo más importante, horas felices y cenas. Porque nada soluciona los problemas globales como canapés caros y white wine servido en vasos de plástico.
Parece que la amenaza de recortes presupuestarios y la incapacidad flagrante para detener guerras no son excusa para cancelar la agenda social. Al contrario, le da un toque de emoción, como una fiesta en la cubierta del Titanic. ¿El hielo se acerca? ¡Mejor bailemos!
Los reajustes de la esperanza (forzada)
La incertidumbre, ese invitado no deseado pero omnipresente, ya está haciendo de las suyas. La Fundación Gates, que normalmente publica un informe optimista justo a tiempo para la asamblea, ha tenido que retrasarlo. ¿La razón? Simple: no tienen ni idea de cuánto dinero van a prometer los países, porque aparentemente, en medio de una crisis global, comprometerse con la ayuda exterior es tan complicado como elegir el color de las cortinas. Mientras tanto, la Iniciativa Global Clinton (CGI) ha decidido que este año no basta con hablar: ahora exigen que los líderes inventen nuevos programas sobre la marcha. ¿Un hackatón para salvar el mundo? ¿Improvisación filantrópica? Suena a que la desesperación es la nueva creatividad.
Y todo esto mientras Estados Unidos, el sugar daddy de la ONU, decide congelar fondos y pedirle la vuelta al cambio, provocando despidos masivos y recortes. El Consejo de Seguridad, por su parte, observa cómo estallan dos guerras importantes con la misma eficacia con la que un flamenco resolvería un sudoku. Su mandato de “salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra” suena ahora menos a una misión noble y más a la descripción de un trabajo que no piensan hacer.
Pero, oh sorpresa, esta incertidumbre mundial ha hecho que la Semana de la UNGA sea más importante que nunca. Claro, porque cuando el barco se hunde, lo lógico es reunir a todos en la proa a debatir la calidad de la música de la orquesta.
Kevin Sheekey, asesor del multimillonario Mike Bloomberg, lo defiende con perlas de sabiduría: “Sigue siendo el único lugar donde se reúne todo el mundo”. Un argumento irrefutable, como decir que un vertedero es importante porque todo el mundo tira su basura allí. Su foro, que se celebra desde 2017, promete fomentar la colaboración global y… ¿oportunidades de inversión en deportes africanos? Porque nada dice “solucionemos la crisis geopolítica” como una inversión en una liga de fútbol.
El arte de reorganizar las sillas en la cubierta
La Fundación de las Naciones Unidas reporta que el número de eventos públicos es similar al de otros años. Pero George Hampton, uno de sus directores, admite que ahora hay más mesas redondas pequeñas. ¿Traducción? Menos discursos grandilocuentes para las cámaras y más conversaciones íntimas donde quizás, solo quizás, se pueda admitir que el panorama es desolador. “El espacio para resolver problemas se está reduciendo”, dice, en lo que debe ser el eufemismo del año. La mesa de la cooperación global se encoge, pero los problemas, oh sí, esos siguen creciendo como la factura de un bar después de una hora feliz.
Gregory Milne, de la CGI, compara los cambios de este año con la respuesta al terremoto de Haití y la pandemia de COVID-19. Porque, ¿qué mejor manera de planificar una reunión que compararla con dos de las catástrofes humanitarias más complejas de las últimas décadas? Eso sí infunde confianza.
Mientras tanto, en un preludio de los eventos principales, la Fundación Ford albergó “Free Future“, un evento centrado en acabar con la violencia de género. La premisa es noble, por supuesto, pero uno no puede evitar notar la ironía de discutir el progreso desde 1995 con la ganadora de un Nobel de la Paz, mientras se admite que “no hemos hecho lo suficiente”. Tres décadas de promesas y discursos para llegar a esa conclusión. ¡Vaya revelación!
Monica Aleman, de la Fundación Ford, aporta un toque de realismo crudo: “La violencia tiene un costo“. Un concepto revolucionario, sin duda. Su solución: transferencias de efectivo y oportunidades económicas para las sobrevivientes. Porque al final, incluso la justicia y la seguridad se reducen a la economía, el idioma universal que todos estos líderes entienden a la perfección.
El evento, que reunió a financiadores, empresas privadas y defensores, sirvió para “fortalecer e inspirar” antes de la maratón de reuniones. O, en otras palabras, para cargar pilas antes de una semana de sonrisas forzadas y networking intensivo donde, como dice Celiné Justice de Pivotal Ventures, se trata de “llevar este tema a la sala, para que no se olvide”. Porque en un calendario repleto de eventos, lo más difícil no es encontrar soluciones, sino que tu problema favorito no quede enterrado en el olvido entre un cóctel y una sesión de fotos.
Así que prepárense, mundo. La ONU puede estar tambaleándose, la cooperación internacional puede parecer un concepto tan vintage como un disquete, pero la Semana de la UNGA está aquí. Con su mezcla peculiar de idealismo, negación y champagne. ¿Lograrán algo sustancial? Quién sabe. Pero al menos las horas felices estarán bien surtidas.
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