Una noche más de tragedia en el Mediterráneo
La Guardia Costera griega confirmó anoche lo que ya temíamos: al menos quince personas perdieron la vida tras una colisión entre una lancha rápida con migrantes y una de sus embarcaciones, frente a la isla de Quíos.
Los números son fríos, pero detrás hay historias. Catorce cuerpos —once hombres y tres mujeres— fueron recuperados del mar. Una mujer más murió después en el hospital. Entre los veinticinco rescatados hay once niños.
“No estaba claro por el momento cuántas personas viajaban en la lancha rápida”, indicó la guardia costera.
Mientras escribo esto, continúa una operación de búsqueda con cuatro patrulleras, un helicóptero y buzos. Las imágenes locales muestran escenas desgarradoras: personas siendo transportadas en mantas, niños cojeando guiados hacia vehículos con luces azules parpadeantes.
El contexto que duele conocer
Grecia sigue siendo esa puerta de entrada a Europa para quienes huyen del conflicto y la miseria. El corto trayecto desde la costa turca a las islas griegas es un viaje que muchos emprenden sabiendo el riesgo.
Las patrullas han aumentado. Las expulsiones también. Los números oficiales de intentos de cruce han bajado. Pero las tragedias como esta nos recuerdan que mientras haya desesperación, habrá personas dispuestas a jugarse la vida en embarcaciones precarias.
Este no es un incidente aislado. Es parte de un ciclo doloroso que se repite en nuestro mar. Cada número en un comunicado oficial era alguien con un nombre, una familia, una historia interrumpida frente a Quíos.
La pregunta que queda flotando, como los restos del naufragio, es cuántas tragedias más necesitamos ver antes de encontrar respuestas que estén a la altura del desafío humanitario.




