El año en que el amor se mudó a las plantas y la música se volvió el novio
Parece que el 2025 le tenía preparado a Majo Aguilar un combo especial: una dosis de crecimiento artístico con espectáculos y proyectos nuevos, y de regalo, la clásica y poco solicitada ruptura sentimental. Sí, ese momento en el que pasas de planear una boda a explicarle a todo el mundo que, no, no hubo infidelidad, y que sí, terminaron bien, como dos adultos civilizados en medio de un mar de especulaciones absurdas. Su compromiso con Gil Cerezo, el vocalista de Kinky, se esfumó más rápido que las entradas para sus conciertos, demostrando una vez más que en el mundo del espectáculo, los “para siempre” a veces duran lo que un *story* de Instagram.
Pero he aquí lo maravilloso: lejos de sumergirse en un dramático océano de helado y canciones tristes, Majo decidió adoptar una postura que raya en lo filosófico-botánico. En una entrevista con “Ventaneando“, declaró con una serenidad que envidiaría un gurú: “Mi corazón siempre está lleno de amor, veo el amor en las plantas, en las flores, en la música”. Uno se pregunta si, en un arranque de inspiración, también lo verá en el pronóstico del tiempo o en la factura de la luz. La cuestión es que, ante la ausencia de un novio, el universo entero se ha convertido en su pretendiente. Qué eficiente.
Cuando la carrera es el “amor de tu vida” y otros finales felices forzados
Con una lógica impecable, la intérprete anunció que despedirá el año entregándose de lleno a lo que llama “el amor de mi vida”: su carrera. Por supuesto, es un amor mucho más fiable: no discute, no tiene momentos distintos y rara vez te pide espacio. Respecto a la posibilidad de un nuevo romance, Majo soltó una perla de sabiduría entre risas: “Imagínate que lo descarte, me autocondeno, no claro que no”. O sea, está “abierta”, pero con la calma de quien sabe que su agenda de presentaciones está más apretada que un vestido de talla menor. No vaya a ser que llegue el amor y tenga que pedirle permiso a su manager.
La historia con Cerezo, tras casi cuatro años, se desvaneció en julio. Majo fue muy clara: fue una decisión consciente, sin peleas, y lo quiere y admira “profundamente”. Incluso salió a desmentir rumores de infidelidad con la eficacia de un portavoz en crisis, aclarando que la ruptura no era nueva y que simplemente “estaban en momentos distintos”. Una frase tan usada en las separaciones que ya debería venir preinstalada en las aplicaciones de citas. “La vida son ciclos y son momentos. (Gil) es una gran persona. Fue en términos muy bonitos”, recalcó. Tan bonitos, que casi dan ganas de romper solo para experimentar tanta amabilidad.
Mantienen una comunicación cordial y guardan gratitud. “Aprendimos mucho el uno del otro”, afirmó. Seguramente lecciones valiosas, como cómo manejar la curiosidad pública o el arte de dar explicaciones sin realmente decir nada. El compromiso, anunciado en 2024, y los planes de boda que todos esperaban para 2025, ahora son solo un *feed* bonito en el archivo de Instagram, un recordatorio de que a veces la vida te quita un novio pero te da más material para las entrevistas.
Así que aquí la tenemos, a Majo Aguilar, navegando las aguas procelosas de la fama con el timón del sarcasmo y las velas del amor por las plantas. Porque cuando un capítulo amoroso se cierra, lo lógico es abrir uno profesional… y otro horticultor. El show, como su corazón, debe continuar lleno, aunque sea de clorofila y notas musicales.
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