Ocho décadas después, la patria no olvida (o al menos, eso dicen los discursos)
En un despliegue de solemnidad que haría palidecer a una estatua, el general Ricardo Trevilla Trejo, titular de la Secretaría de la Defensa Nacional, decidió honrar personalmente la ceremonia conmemorativa del 80 aniversario del regreso del Escuadrón 201. Porque, ¿qué mejor manera de recordar a unos héroes que con más generales en traje de gala? La pompa militar estaba servida, lista para rememorar aquel momento en que México, en un arrebato de audacia internacional, decidió que también quería su pedacito de gloria en el conflicto bélico más grande de la historia.
Tomó la palabra el comandante de la Fuerza Aérea, el general de división, piloto aviador, Román Carmona Landa —una cadena de títulos tan larga que casi necesita su propia pista de aterrizaje—. Con la seriedad que el momento exigía, explicó que los actuales soldados del aire se enfrentan a desafíos distintos, aunque, nos asegura, “no menos exigentes”. Su misión ahora es la vigilancia y protección del espacio aéreo nacional, una tarea que, sin duda, consiste en mucho más que mirar el cielo con unos binoculares. También, nos contó, brindan apoyo en desastres, trabajando codo a codo con el Ejército y la Guardia Nacional. Una colaboración tan estrecha que uno se pregunta si hasta comparten el café en la misma termo.
El espíritu expedicionario y las citas de rigor
Fue entonces cuando el discurso se puso poético, o lo más parecido a la poesía que puede lograr un comunicado castrense. Afirmó que todas estas actividades las cumplen “impregnados con el espíritu de la inmortal Fuerza Aérea Expedicionaria Mexicana”. Un espíritu que, al parecer, es tan potente que ha logrado sobrevivir ocho décadas sin perder su esencia, como un buen licor. Y todo gracias a que su “emblemático escuadrón 201 cruzó el pacífico hace ocho décadas para escribir una memorable hazaña en el libro de nuestra nación”. Una hazaña, por supuesto, que ocupa un capítulo completito, con ilustraciones y todo, en el imaginario colectivo. Dicho esto ante cientos de elementos en el Monumento a las Águilas Caídas, en el Bosque de Chapultepec, porque si vas a hablar de águilas, qué mejor lugar que uno que literalmente las tiene en el nombre.
Pero no podía faltar la guinda del pastel: la cita inspiradora. Para ello, desempolvaron las palabras del sargento primero de transmisiones, Maximiliano Gutiérrez Marín, presentado como “el último sobreviviente”. El buen sargento, con una claridad envidiable, declaró que “el éxito de la Fuerza Aérea radica en el patriotismo de quienes nos enlistamos de forma voluntaria, acudiendo desinteresadamente al llamado de la patria”. Un llamado que, uno supone, suena como una trompeta gloriosa y no como un simple documento administrativo. Y remató con que “nuestra unión como equipo es clave para lograr la victoria”. Una verdad tan profunda que casi duele, ¿o no? Este pensamiento, nos aseguran, es lo que inspira a las Fuerzas Armadas a sumar esfuerzos con todos los mexicanos para, juntos, “ser victoriosos construyendo un mejor México”. Porque, al final, construir un país es como ganar una guerra: se necesita equipo, unión y, al parecer, muchas ceremonias.
El broche de oro lo pusieron los cadetes con una salva de fusilería, porque en estos eventos nada dice “respeto solemne” como el sonido de disparos al aire. Acto seguido, el titular de la Defensa y su séquito de altos mandos colocaron una ofrenda floral y realizaron una guardia de honor. Uno se imagina la escena: hombres adultos, vestidos de impecable verde oliva, manteniendo una compostura férrea frente a un monumento. La pregunta que flota en el aire es: ¿quién vigila al espacio aéreo mientras todos los jefes están de guardia en Chapultepec? Seguro es otro de esos “desafíos no menos exigentes” de los que hablaban.
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