El brillante negocio de los cosméticos vivos
En un alarde de creatividad criminal que haría sonrojar a los guionistas de las películas más absurdas, la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) y la Guardia Nacional se toparon con un cargamento de lo más “embellecedor”: 774 tortugas que emprendieron un viaje ilegal desde el Estado de México hasta Tijuana. ¿El ingenioso disfraz? Un envío de cosméticos. Porque, claro, ¿qué mejor que una tortuga para conseguir ese glow facial tan deseado? Los ejemplares, con una comodidad digna de un spa de cinco estrellas, fueron individualmente envueltos en calcetines –la última tendencia en algodón para reptiles– y apiñadas en contenedores de plástico que, a su vez, se escondían en nueve cajas de cartón. Una logística impecable, si no fuera porque el producto principal respiraba.
La gran revelación ocurrió el 12 de noviembre, cuando los agudos ojos de la Guardia Nacional detectaron anomalías en el área de paquetería del aeropuerto de Tijuana. Uno se imagina la escena: “Este contenedor transparente hace un ruidito muy raro… y se mueve”. Al abrir los embalajes, la sorpresa fue mayúscula: no había cremas hidratantes ni sueros antiedad, sino un montón de reptiles bastante desubicados. El paquete, con una documentación tan legal como un billete de monopoly, no tenía remitente ni destinatario que lo reclamara. Sin embargo, la información preliminar añade ese toque de globalización al drama: tanto el remitente como el destinatario serían de nacionalidad china. Porque el tráfico de especies, amigos míos, no conoce fronteras, solo necesita un buen disfraz y unos calcetines usados.
El desenlace: cuatro bajas y un futuro incierto
Los inspectores de Profepa en Baja California acudieron al llamado para hacer el recuento y diagnóstico de esta insólita mercancía. Confirmaron que se trataba de tortugas dulceacuícolas de los géneros Kinosternon y Trachemys. El balance final: cuatro de estas viajeras involuntarias no lograron soportar las condiciones del “viaje relámpago”, falleciendo en el intento. El resto, milagrosamente, presentaba un estado de salud “aparentemente estable”. Qué alivio, solo fueron cuatro bajas en una operación que trataba a seres vivos como si fueran baratijas.
Para darle más emoción al asunto, la burocracia internacional y nacional entró en juego. Resulta que todas las especies del género Kinosternon están incluidas en el Apéndice II de la CITES (la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas), excepto la Kinosternon cora, que tiene el honor de estar en el exclusivo Apéndice I. También se localizaron ejemplares contemplados en la NOM-059-SEMARNAT-2010, lo que en cristiano significa que son especies en alguna categoría de riesgo. O sea, no son precisamente mascotas que puedas comprar en cualquier esquina, pero algún iluminado pensó que enviarlas por paquetería era una idea genial.
Como era de esperar, la maquinaria gubernamental se puso en marcha. La Profepa inició el procedimiento administrativo correspondiente (léase: mucho papeleo), mientras que la Guardia Nacional notificó a la Fiscalía General de la República (FGR) para que investigue y, con suerte, encuentre a los responsables de este despropósito. Mientras tanto, las 774 tortugas supervivientes fueron trasladadas a una Unidad de Manejo para la Conservación de la Vida Silvestre (UMA), donde por fin podrán disfrutar de condiciones adecuadas para su resguardo, lejos de calcetines y cajas de cartón. Un final feliz, o al menos menos trágico, para unas víctimas que solo querían vivir en paz, sin ser confundidas con un lápiz labial.
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