La justicia que llegó por la puerta de atrás
Ulises Cruz Hernández respiró aire libre la noche del jueves. Siete días después de que lo metieran en un centro de reclusión por una acusación grave –intentar besar a una alumna–, salió sin que nadie le presentara un solo cargo formal. El sistema, como suele pasar, se corrigió a golpe de presión pública, no por su propio funcionamiento.
“Es intachable”, defendieron sus compañeros y alumnos sobre su trayectoria. Y tenían razón.
La investigación –si es que se le puede llamar así– no encontró pruebas de la presunta agresión. Todo quedó en el aire. Pero esos siete días en el Cereso número 10 de Comitán, Chiapas, ya estaban contados. Tiempo robado, reputación manchada, vida paralizada.
Cuando la calle hace el trabajo de los jueces
Por la mañana, maestros, familiares y alumnos se plantaron frente al penal. Cartulinas, consignas y una pregunta incómoda para las autoridades: ¿con qué derecho mantienen a un hombre detenido sin acusarlo? Amenazaron con no moverse hasta tener una respuesta.
Por la noche, la tenacidad dio fruto. Ulises salió y se reunió con quienes nunca dudaron de él. Una pequeña victoria en un sistema donde la presunción de inocencia parece una teoría jurídica olvidada.
La lección es clara: a veces, la única defensa efectiva contra un procedimiento irregular es una movilización imparable. El verdadero proceso ocurrió afuera del tribunal.




