Un espectáculo de filas, cánticos y espera literaria
Imaginen la escena: el corazón de la Ciudad de México, el majestuoso Zócalo, transformado no en un foro de debate intelectual, sino en la sucursal más grande y caótica de una librería en día de oferta. Desde las tres de la tarde, un miércoles cualquiera, la plancha se fue llenando de un recurso humano muy específico: jóvenes universitarios con una misión. Su objetivo no era debatir filosofía, sino conseguir su dosis gratuita de papel impreso, cortesía de una colección que le costó al erario la módica suma de 25 millones de pesos. ¿Democratización de la cultura o la cola del siglo? Usted decida.
Las largas filas serpenteantes eran un monumento a la paciencia (o a la desesperación). Muchos de estos aspirantes a lectores habían recibido su anhelada invitación con un día de anticipación, imaginándose quizás un acto íntimo con el autor. La realidad, siempre tan chusca, fue otra. Cientos de sillas, ese símbolo universal de “aquí hay un lugar para ti”, fueron acaparadas con presteza por los beneficiarios de los programas sociales Jóvenes Construyendo el Futuro y Benito Juárez. Los estudiantes invitados, viendo cómo su lugar físico y metafórico era ocupado, debieron sentir que la lección del día fue sobre economía de la escasez, no sobre literatura.
Para las 4:00 PM, la impaciencia colectiva se materializó en coros. No eran cánticos revolucionarios de los libros, sino el himno universal del “¿ya vamos a empezar?”. Un recordatorio sonoro de que incluso los actos más loables de promoción cultural pueden convertirse en un asunto de logística pura y dura, o pura y dura espera.
El elenco principal hace su entrada (por fin)
Quince minutos después del motín vocal, hizo su aparición el dream team oficial. La presidenta Claudia Sheinbaum, flanqueada por la jefa de gobierno Clara Brugada, la secretaria de Cultura Claudia Curiel de Icaza y, por supuesto, el director editorial de la hazaña, Paco Ignacio Taibo II, emergieron de Palacio Nacional. Uno casi esperaba fanfarrias, pero el verdadero espectáculo ya lo habían protagonizado las filas y los cánticos. El acto de repartir 2.5 millones de ejemplares de la colección “25 para el 25” por fin podía comenzar, no solo en México, sino con destino a países hermanos como Cuba, Venezuela, Colombia, Uruguay y Ecuador. Porque ¿qué es un gesto de política cultural sin una buena dosis de diplomacia bibliográfica?
Brugada, en su intervención, elevó el tono del asunto de las colas a una epopeya histórica. Declaró que la iniciativa “democratiza la Cultura, rompe los muros de la desigualdad”, y aseguró que este evento era un homenaje a la Brigada para Leer en Libertad. Una noble idea, sin duda. Aunque uno no puede evitar preguntarse, con un toque de ironía, si los primeros muros que encontraron los asistentes fueron los formados por las espaldas de la persona que tenían enfrente en la interminable fila. La transformación de la vida en el país, al menos por esa tarde, comenzó con aprender a esperar bajo el sol por un libro.
En el fondo, el evento fue una cápsula perfecta de contradicciones modernas: la noble idea de regalar conocimiento, atrapada en la mecánica de un acto masivo; la promesa de acceso universal, filtrada por la realidad de un aforo limitado; y el discurso sobre romper desigualdades, contrastado con la imagen inmediata de quién logró sentarse y quién se quedó de pie. El Fondo de Cultura Económica y Taibo lograron, sin querer queriendo, montar una metáfora en vivo y en directo sobre los desafíos de llevar la cultura a las masas. Y las masas, fieles a su cita, respondieron con la única herramienta a su alcance en ese momento: corear su impaciencia. Porque al final, ¿qué es más revolucionario? ¿Leer un libro gratis o exigir a gritos que te lo den ya?
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