El caos hídrico que nos recordó que la ciudad es un barco con fugas
Parece que a la Ciudad de México le cayó no una lluvia, sino toda la ira acumulada de Poseidón con resaca. Este pasado domingo 14 de septiembre, el cielo se desfondó sobre la capital con una intensidad que nos hizo a todos reconsiderar si, en efecto, vivimos en un valle o en el fondo de una alberca gigante. Myriam Urzúa, la secretaria de Gestión Integral de Riesgos y Protección Civil (SGIRPC), o lo que es lo mismo, la persona a quien le toca apagar los fuegos —o en este caso, drenar las aguas—, dio el reporte oficial. Y vaya que fue un reporte.
El balance final: 125 viviendas y seis establecimientos comerciales afectados. Es decir, 125 familias que despertaron con la desagradable sorpresa de que su sala se había convertido en una piscina sin mantenimiento. Pero hey, no todo es malas noticias. Según Urzúa, ya se les brindó apoyo para sacar el agua y sanitizar las áreas con cloro, porque nada dice “fresh start” como el olor penetrante a lejía a las 7 de la mañana de un lunes.
Iztapalapa: el epicentro del acuapocalipsis capitalino
Si la CDMX fue la zona cero de este diluvio moderno, Iztapalapa fue sin duda el ground zero. De los 50 encharcamientos reportados, 28 —¡más de la mitad!— se concentraron en esta alcaldía. La secretaria Urzúa, en un videomensaje publicado por la jefa de Gobierno, Clara Brugada (sí, en X, porque hasta las crisis se comunican por redes sociales ahora), detalló cuáles fueron las colonias más golpeadas. Santa Marta Acatitla y su zona sur, La Colmena, la unidad habitacional Vicente Guerrero y Juan Escutia se llevaron la peor parte. Básicamente, si vivías ahí, más te valía tener un kayak o, al menos, unas buenas botas de agua.
La situación pinta un escenario surrealista: vecinos convertidos en espontáneos equipos de rescate, combis navegando por lo que antes eran calles y la eterna pregunta de si el drenaje profundo es un mito urbano o simplemente estaba saturado de tiktoks. Es el tipo de caos que une a la comunidad, aunque sea para pasar cubetas de agua en cadena mientras se maldicen las nubes.
Este evento no es más que un recordatorio incómodo —y mojado— de la vulnerabilidad de una ciudad que se hunde lentamente mientras lidia con fenómenos meteorológicos cada vez más intensos. La infraestructura, puesta a prueba una vez más, mostró sus limitaciones. Pero también destacó la capacidad de respuesta, aunque sea a base de mangueras, cloro y mucha, mucha paciencia. La gestión de riesgos no es solo un concepto de manual; es lo que evita que un aguacero se convierta en una tragedia mayor.
Al final del día, la ciudad volverá a la normalidad. El agua se irá, el olor a cloro se disipará y los memes sobre navegar por Periférico en lancha quedarán en el olvido. Hasta la próxima lluvia. Porque en la CDMX, el ciclo del agua no es un fenómeno natural, es una serie de eventos con sus propios guionistas, dramáticos e impredecibles.
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