La función de la tolerancia cero en el país de las maravillas
En un giro que nadie vio venir (o quizás todos, pero hacemos como que no), la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, se presentó ante el Senado para ofrecer un espectáculo que ya empieza a ser un clásico del género: el monólogo de la lucha anticorrupción. Con la solemnidad de quien anuncia el descubrimiento de la penicilina, declaró que la investigación sobre el robo de hidrocarburos, ese deporte nacional no oficial, “no se ha acabado”. ¡Qué alivio! Por un momento pensamos que ya habían atrapado al último funcionario con la mano en la masa, o más bien, en el ducto.
“No, no se ha acabado la investigación –sobre robo de hidrocarburos–, va a seguir adelante y hay bastantes, bastantes personas que van a ser procesadas de manera inmediata”, aseguró. La repetición de “bastantes” nos hace sospechar que o bien tienen una lista bíblica de implicados, o simplemente quería asegurarse de que los periodistas, aturdidos por la novedad, no se lo perdieran. Inmediata, por supuesto, debe entenderse en el huso horario particular de la justicia mexicana, donde “inmediato” puede significar cualquier cosa entre “mañana” y “en el próximo sexenio”.
El mantra de los ceros heroicos y los pactos inexistentes
Con la fe de un novicio recitando un credo, la funcionaria espetó que el gobierno federal mantiene una política firme de cero corrupción y cero impunidad. Dos ceros redonditos y bonitos, como los de la lotería, pero que aquí, misteriosamente, nunca parecen salir premiados para el ciudadano de a pie. Frente al llamado “huachicol” fiscal –una práctica tan ilícita como, al parecer, popular– prometió que en los próximos días un “número considerable” de personas será procesado. Uno se pregunta si “considerable” se refiere a la cantidad o al rango de los implicados, un detalle que, por supuesto, se omite elegantemente.
La joya de la corona retórica llegó con la afirmación: “Nosotros no pactamos con delincuentes“. Claro, porque en este gobierno los acuerdos se llaman “diálogos”, “concertaciones” o “cambios de régimen”, términos mucho más presentables. Y reiteró, por si a algún despistado se le había olvidado el guion: “Nosotros no pactamos con criminales y si alguien se atreve a cruzar la línea, se denuncia para que las autoridades correspondientes investiguen y sancionen conforme a la ley”. Una línea que, al parecer, es tan movediza como la de meta en un partido de fútbol con árbitro comprado.
Subrayó, con el marcador permanente de la solemnidad, que el combate a este delito se realiza en coordinación con la Fiscalía General de la República (FGR), la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) y la Procuraduría Fiscal de la Federación. Vamos, el dream team de la persecución financiera, trabajando codo con codo para identificar a esas empresas y particulares que participan en esquemas de evasión y fraude. Es reconfortante saber que tantas instituciones se coordinan tan bien. Uno casi puede imaginar las juntas de trabajo, llenas de café y de carpetas con etiquetas que dicen “Asunto: Delincuentes por atrapar (lista provisional)”.
Pero no todo es trabajo de escritorio. Hubo un reconocimiento especial, una mención honorífica en esta gala de la legalidad, para la Secretaría de Marina, institución que, según Rodríguez, “dio el golpe de timón” y cuenta con la “confianza de la ciudadanía“. Qué bonito es que una institución tenga la confianza de la gente, sobre todo cuando se dedica a dar golpes de timón en un océano de supuesta opacidad. Será cuestión de fe, como creer que el transporte público llegará a su hora.
Los compromisos que no existen y las líneas que se cruzan
En su segunda intervención de alto impacto, la secretaria soltó otra perla: “no tenemos compromisos mafiosos“. Afirmación tan contundente como difícil de verificar, como cuando un niño jura que no se comió la última galleta mientras tiene migas en la barbilla. “Estamos del lado correcto del pueblo”, declaró, porque, por supuesto, en esta película siempre hay un lado correcto y uno incorrecto, y es una casualidad maravillosa que el gobierno de turno siempre se ubique en el primero.
Y entonces vino la advertencia, la clase de frase que se pronuncia mirando fijamente a la cámara para que no quede duda de la seriedad del asunto: “Y Si alguien cruza la línea del cumplimiento de la ley, asumirá las consecuencias, trátese de quien se trate”. Una línea que, debemos suponer, está pintada con una tinta especial que solo los miembros del gobierno pueden ver, porque para el resto de los mortales su ubicación es tan clara como un mapa del tesoro sin la ‘X’.
Todo esto ocurrió ante el pleno legislativo y en momentos en que, oh, casualidad, se ha cuestionado al coordinador de Morena, Adán Augusto López, por sus ingresos y su relación con quien fuera su secretario de Seguridad cuando fue gobernador de Tabasco, Hernán Bermúdez. Un detalle menor, una simple coincidencia temporal, sin duda. La funcionaria, con la elegancia de una bailarina evitando un charco, dijo que el gobierno federal actual está en contra de la corrupción y la colusión. Qué bien. Es como anunciar que el sol está en contra de la oscuridad: una obviedad reconfortante pero que no siempre se refleja en la realidad.
“En México hay gobernabilidad, el país atraviesa, pasa por una transformación histórica, un auténtico cambio de régimen, es un gobierno que le apuesta la civilidad, diálogo y la concertación”. Transformación histórica, cambio de régimen… suena épico, ¿verdad? Casi como el tráiler de una película de superhéroes. Lástima que la realidad suele tener un guion menos espectacular y más lleno de trámites burocráticos.
Para cerrar con broche de oro, sentenció: “Es un gobierno donde hay honestidad y condena la corrupción y la colusión y el dispendio”. Honestidad, corrupción condenada, dispendio erradicado. Uno casi espera que suene música de ángeles y caiga un rayo de luz sobre el recinto. Es el discurso perfecto, impecable en su forma y tan esperanzador en su fondo que da ganas de enmarcarlo. La brecha entre lo que se dice en el Senado y lo que la ciudadanía percibe en su día a día es, simplemente, otra de esas cosas que, por ahora, seguiremos atribuyendo al complejo y misterioso arte de la gobernabilidad.
Mientras tanto, seguiremos a la espera de ese “número considerable” de procesados, con la fe del carbonero y la paciencia de un job mexicano, preguntándonos si, esta vez sí, la justicia llegará con la misma contundencia con la que se anuncia.
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