El Ala Este de la Casa Blanca se rinde ante el martillo (y el capricho presidencial)
Parece que en la Casa Blanca han decidido que lo que realmente necesita la democracia más poderosa del mundo es un nuevo y flamante salón de baile de 250 millones de dólares. Este lunes, con la sutileza de un reality show, comenzó la demolición de una parte del Ala Este, esa ala histórica que ha sido el cuartel general de las primeras damas desde tiempos inmemoriales (o desde 1902, que es casi lo mismo). Las imágenes de obreros con maquinaria pesada destrozando fachadas y ventanas son el nuevo *aesthetic* de la residencia presidencial, un caos visual que varios reporteros pudieron observar desde un parque cercano, como si fuera un episodio de *Grand Designs* pero con más controversia política.
El protagonista de este spin-off de *The Apprentice* en la Casa Blanca, el presidente Donald Trump, no pudo contener su emoción. Mientras recibía a unos campeones de béisbol universitario en la Sala Este, con la elegancia de quien anuncia un descuento en un outlet, señaló el ruido de fondo como la banda sonora de su legado. “Tenemos mucha construcción en marcha, que podrían oír de vez en cuando”, comentó, añadiendo con el timing de un comediante: “Acaba de comenzar hoy”. No, señor Presidente, no se nos había pasado por alto.
¿Permisos? Esos son detalles aburridos
Lo más irónico de esta obra faraónica –y créannos, la ironía es el plato principal aquí– es que avanza sin el visto bueno de la Comisión de Planificación de la Capital Nacional, el organismo que supuestamente debe aprobar estos proyectos en Washington. Pero, ¿quién necesita regulaciones aburridas cuando tienes una visión? Will Scharf, presidente de dicha comisión y, oh, casualidad, secretario del personal de la Casa Blanca y asesor principal de Trump, ha argumentado con la contundencia de un meme virial que la agencia no tiene jurisdicción sobre la demolición o la preparación del terreno. Básicamente, su razonamiento es: “lo que manejamos es construcción, edificación vertical”. Una distinción tan fina como el cristal de las futuras paredes del salón.
Mientras, la Casa Blanca se ha dedicado al silencio administrativo más elocuante. Ante la pregunta de si habían presentado los planos para su revisión, la residencia presidencial optó por la no-respuesta. Para colmo, las oficinas de la comisión están cerradas por el cierre del gobierno, un detalle que convierte todo este asunto en una tragicomedia burocrática de primer nivel. La construcción prosigue en un limbo regulatorio perfecto.
Trump, por su parte, insiste en que todos los presidentes han soñado con este salón de baile durante 150 años y que él, como el héroe que resuelve los problemas que nadie le pidió que resolviera, está cumpliendo ese sueño colectivo. Alega que la Sala Este, con su capacidad para 200 personas, es “demasiado pequeña”. Porque, seamos honestos, ¿qué es un evento de estado sin espacio suficiente para hacer el *cupid shuffle*? El nuevo espacio de 8.360 metros cuadrados, con sus paredes de cristal, solucionará esa terrible carencia nacional. Y lo mejor de todo, según su anuncio en redes sociales: se completará “¡sin costo alguno para el contribuyente estadounidense!”, financiado por “muchos patriotas generosos, grandes empresas estadounidenses y su servidor”. Una afirmación que, como el propio salón, está pendiente de una auditoría independiente.
Mientras las oficinas de la primera dama son reubicadas temporalmente y un pedazo de historia es reducido a escombros, nos quedamos con la imagen de un presidente que, ante la complejidad de gobernar, ha optado por derribar paredes y construir su propio legado en cristal. Un legado que, sin duda, será muy brillante.
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