El fin de una era (o como el karma es un bot)
Imaginen la escena: después de casi dos décadas siendo los dueños del cotarro, los reyes de la fiesta, el Movimiento Al Socialismo (MAS) de Bolivia acaba de recibir una paliza electoral de esas que duelen hasta el alma. Y no, no es un capítulo más de una serie política aburrida. Esto es el equivalente a que el personaje principal muera en la primera temporada. Los resultados oficiales del Tribunal Supremo Electoral confirmaron lo que todos susurraban: el gigante de piedra se resquebrajó. El partido que una vez lo controló todo se quedó con apenas dos diputados y el bochornoso cero a la izquierda en el Senado. Ni un solo senador. Cero. Nada. El silencio incómodo después de que se apaga la música.
La Asamblea Legislativa, que antes era básicamente su patio trasero, ahora es un campo de batalla donde el MAS es un participante casi testimonial. De los 166 asambleístas, la centroderecha y la derecha se reparten el botín. El centrista Rodrigo Paz se alzó con 65 escaños y el derechista Jorge “Tuto” Quiroga se aseguró 51. Para que entiendan la magnitud del terremoto, en las elecciones de 2020 el MAS tenía 96. Es como si de repente tu equipo favorito, el que siempre ganaba la liga, descendiera a segunda división. El sueño del pibe se convirtió en pesadilla.
Culpas, pactos y un balotaje por delante
Y claro, en medio del hundimiento, llega el momento de señalar culpables. El presidente Luis Arce no se lo pensó dos veces y apuntó directamente a su predecesor y ahora némesis, Evo Morales. La pelea interna por el control del partido fue tan épica y pública que terminó por fracturar su base de apoyo. Morales, desde su exilio/autoexilio/trinchera (elijan el término que prefieran), llegó al extremo de llamar a votar nulo. Y la gente, harta del drama, le hizo caso. El voto nulo alcanzó un récord histórico del 19.87%, una cifra astronómica si la comparamos con el 4% de comicios anteriores. Básicamente, una quinta parte del electorado decidió que ninguna de las opciones disponibles merecía su confianza. Mood.
Todo esto desemboca en el primer balotaje presidencial de la historia boliviana, programado para el 19 de octubre. Paz y Quiroga se enfrentarán en una segunda vuelta que promete más tensión que el final de *The Squid Game*. Pero aquí hay un detalle importante: ninguno de los bloques mayoritarios tiene los dos tercios necesarios para aprobar leyes a su antojo. Esto significa que, gane quien gane, va a tener que bajarse de su nube y pactar. Sí, esa incómoda actividad de hablar con los demás para conseguir cosas. El ganador del ballotage va a necesitar hacer alianzas con otras fuerzas si quiere gobernar algo más que su cuenta de Twitter, como bien señaló el analista político Carlos Saavedra.
La reunión entre Arce y Paz para hablar de una “transición de gobierno pacífica” y analizar la brutal crisis económica que atraviesa el país fue el gesto más surrealista de la semana. Quiroga, por su parte, declinó la invitación con un elegante “paso, gracias”, argumentando que el gobierno debe dar señales concretas y ponerse a trabajar en serio para atender la emergencia. Un mood de “no tengo tiempo para fotos, tengo un país que arreglar”.
Los expertos no pueden ser más claros. Verónica Rocha, comunicadora política, habla de un “desmembramiento” del bloque nacional popular. Y Diego von Vacano, politólogo de la Universidad de Texas A&M, fue aún más allá al declarar que “el MAS está prácticamente muerto como partido, como movimiento; está acabado“. Según él, esto marca el fin de la izquierda en Bolivia, pero también demuestra que Evo Morales, en su caída, sigue siendo una voz poderosa. O sea, puede que haya hundido el barco, pero se aseguró de ser el último en abandonarlo… y con megáfono en mano.
Mientras tanto, en la tienda de los perdedores, el candidato presidencial del MAS, el exministro Eduardo Del Castillo, se aferra al 3.17% de los votos obtenidos como si fuera un tesoro. Y lo es, porque es apenas lo suficiente para que el partido no pierda su personería jurídica. Un consuelo muy, muy pequeño. El mejor posicionado de lo que queda de la izquierda fue Andróniko Rodríguez, presidente del Senado, que con una fuerza disidente del oficialismo obtuvo un 8.5% y ocho diputados. Algo es algo.
El panorama que queda es el de un país fragmentado, un rompecabezas político que alguien tendrá que armar sin tener todas las piezas. La hegemonía se esfumó y ahora toca aprender a coexistir. El resultado de octubre no solo definirá un presidente, sino el modelo de país que quiere una Bolivia que claramente le dijo “basta” al status quo.
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