El Gran Teatro del Absurdo en Washington: Un Cierre que Nadie Quería (Pero Todos Disfrutan Interpretando)
Parece que Washington D.C. ha decidido que la mejor forma de gobernar es, precisamente, no gobernando. Qué concepto tan revolucionario, ¿verdad? Mientras el cierre del gobierno federal de los Estados Unidos entra en su tercera semana de gloria, un espectáculo digno de la mejor tragicomedia se desarrolla en los pasillos del poder. Y en el centro del escenario, los demócratas, con una serenidad que haría palidecer a un maestro zen, aseguran que las amenazas del presidente Donald Trump de despedir a miles de empleados públicos no les intimida en lo más mínimo. Claro, ¿por qué iban a sentirse amedrentados? Al fin y al cabo, ¿qué es el sustento de miles de familias comparado con una batalla de egos políticos?
Lejos de acobardarse, nuestros héroes en el Congreso parecen más envalentonados que nunca. Regresaron a la capital desde sus distritos, probablemente después de escuchar las quejas de sus electores, y con la determinación de un niño que se niega a comer brócoli, rechazaron por octava vez –¡ocho! ya perdimos la cuenta– el proyecto de ley republicano para reabrir el gobierno. Porque en el mundo al revés de la política, la obstinación es sinónimo de principios.
Las Perlas de Sabiduría Política: Frases para la Posteridad
El senador Tim Kaine de Virginia, hablando como si acabara de bajar del Monte Sinaí con las tablas de la ley, declaró: “Lo que la gente está diciendo es que hay que detener los despidos masivos”. Una revelación impresionante, sin duda. Quién iba a imaginar que los trabajadores federales, esos seres mitológicos con hipotecas que pagar, estarían en contra de perder sus empleos. Kaine, con la lógica impecable de un guionista de Hollywood, concluyó: “Y eso no lo vamos a lograr si cedemos”. Traducción: para salvar tus puestos de trabajo, primero debemos asegurarnos de que el caos continúe. Tiene sentido, en una realidad alternativa.
Mientras tanto, desde las paradisíacas islas de Hawai, el senador Brian Schatz nos ilumina con su diagnóstico: los despidos son “mucha fanfarronería”. ¡Fantástico! Es reconfortante saber que la posible ruina económica de miles de personas es, en el fondo, solo un espectáculo de bravuconería. Él predice, con la certeza de un astrólogo, que los tribunales eventualmente anularán esta medida. Mientras tanto, los afectados pueden pagar sus facturas con predicciones judiciales y optimismo.
Pero el premio al cinismo más exquisito se lo lleva el senador Richard Blumenthal de Connecticut. Con una perspicacia que corta como un cuchillo, señaló que el cierre es solo “una excusa para que (los republicanos) hagan lo que ya planeaban hacer”. ¡Vaya! ¿Quién lo hubiera pensado? Una crisis fabricada que sirve de pantalla para agendas preexistentes. Es casi como si la política fuera… política.
Para cerrar con broche de oro, Chuck Schumer de Nueva York, el líder de la minoría demócrata en el Senado, calificó los despidos de “intento desatinado” de cambiar votos. “Desatinado” es una palabra maravillosa. Sugiere un toque de locura pintoresca, como un villano de dibujos animados que tiene un plan ridículamente complicado para robar un banco. Quizás esperaba que los demócratas, aterrorizados, capitularan de inmediato. Qué error tan adorable subestimar la capacidad de los políticos para aguantar el tipo mientras el país arde a su alrededor.
En este circo de tres pistas –la Casa Blanca, el Senado y la Cámara de Representantes– cada cual interpreta su papel a la perfección. El presidente amenaza, los demócratas se encogen de hombros y los republicanos presentan la misma propuesta una y otra vez, esperando un final diferente. Albert Einstein tenía un nombre para eso. Mientras tanto, los trabajadores federales, esos extras anónimos en esta obra, se preguntan cómo van a pagar el alquiler. Pero, ¡eh!, al menos estamos siendo testigos de una lección magistral de teatro político. La farsa debe continuar.
¿Qué nos depara el futuro? ¿Descubrirá alguien el interruptor de la luz para poner fin a esta función? ¿O seguiremos aplaudiendo entre lágrimas mientras la parálisis se convierte en la nueva normalidad? Solo el tiempo, y quizás unas cuantas mociones más, lo dirán. Lo único seguro es que en Washington, el espectáculo nunca termina.
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