El circo de Miss Universe: Donde una disculpa no es una disculpa
Parece que en el planeta paralelo de Miss Universe, pedir perdón es un concepto tan flexible como la definición de belleza auténtica. Nawat Itsaragrisil, el directivo que parece haber confundido su rol con el de un dictador de telenovela barata, finalmente se dignó a soltar unas palabras que, en teoría, sonaban a disculpa. Claro, lo hizo después de que Fátima Bosch, la delegada mexicana con más agallas que un campeonato de boxeo, denunciara el maltrato que sufrió, incluyendo el encantador apelativo de “tonta”. Qué detalle, ¿verdad? Nawat, en un alarde de humildad, se ha disculpado en dos ocasiones. Lástima que sus pretendidas excusas sonaban más a un monólogo justificativo sobre lo estresado que está, dirigido a “todas las participantes” en general, pero curiosamente evitando mencionar a la señorita México por su nombre. ¿Será que el nombre “Fátima” le produce una alergia repentina?
Pero la joya de la corona (y la corona ni siquiera se ha entregado) fue su sublime lección en Instagram sobre la libertad de expresión. “La libertad de expresión (voz) es importante, pero si la voz miente, no se llamaría libertad de expresión”, sentenció el filósofo tailandés desde su trono digital. Una reflexión profunda, sin duda, que para todos es una indirecta descarada hacia Fátima. Porque, claro, en el universo de Nawat, alzar la voz para quejarse de un trato vejatorio es, obviamente, “mentir”. Es una lógica tan impecable como elegir un ganador de un concurso de belleza basándose en su coeficiente intelectual… espera, quizás no sea el mejor ejemplo.
Patrocinadores turbios y batallas por los videos promocionales
Mientras tanto, el subplot de la telenovela nos lleva a una emocionante disputa sobre… videos promocionales. ¡El suspenso es insoportable! Resulta que la organización mexicana se estaría negando a que Fátima comparta en sus redes sociales los vídeos ensalzando las maravillas de Tailandia. Nawat, en su versión de los hechos, pintó a la mexicana como la rebelde que alzó la voz cuando él preguntó quién no estaba cumpliendo. Una narrativa conveniente que intenta pintar su reacción como un berrinche, en lugar de lo que fue: la respuesta legítima a un comportamiento poco profesional.
Y por si el drama no fuera suficiente, aparece un villano de reparto: Play Time, una empresa de casinos que, según el propio Itsaragrisil, opera de forma ilegal en Tailandia. Él se habría opuesto a que esta marca, patrocinadora de la Organización Miss Universo (OMU), colocara su nombre en las salas del evento. Uno se pregunta, ¿en qué tipo de feria de rarezas se han convertido estos certámenes? ¿Acaso el próximo requisito será desfilar con un manual de ética corporativa en la mano?
Mientras el tailandés se enreda en sus propias redes de justificaciones y acusaciones, el mundo exterior, incluida nada menos que la presidenta Claudia Sheinbaum, ha respaldado con fuerza la entereza de Fátima. La tabasqueña, con una dignidad que brilla más que cualquier corona bañada en strass, sigue compitiendo, demostrando que la voz de una mujer en el siglo XXI, por mucho que algunos intenten silenciarla con etiquetas y disculpas vacías, ya no puede ser acallada. Todo este espectáculo asegura que, gane o no la corona el 21 de noviembre, el verdadero protagonista de esta 74° edición será el monumental despropósito organizativo.
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