Una dirección divina
Mel Gibson tenía una idea muy clara para la escena clave donde Barrabás se cruza con Jesús camino a la cruz. Le ordenó a Pietro Sarubbi, el actor italiano que daba vida al prisionero liberado, algo específico: no mirar a Jim Caviezel (Jesús) hasta el momento exacto del rodaje.
“Barrabás es como un perro rabioso, pero al ver a Jesús se vuelve como un cachorro”, le dijo el director, buscando esa reacción visceral y pura. > “Quiero que tu mirada hacia él sea realmente como la de alguien que ve al Hijo de Dios”.
Sarubbi, que venía de una larga búsqueda espiritual por monasterios shaolín y tibetanos, siguió la instrucción al pie de la letra. Y cuando finalmente posó sus ojos en los de Caviezel, algo se rompió dentro de él.
“Era como mirar realmente a Jesús”, recordó años después, ya convertido al catolicismo. > “Esa mirada no tenía ni odio, ni rencor, pero era capaz de ablandar al corazón más endurecido”.
El impacto más allá de la pantalla
Gibson hizo repetir la toma varias veces hasta quedar satisfecho con el plano. Pero para Sarubbi, la toma importante fue la primera. Aquel instante marcó el inicio de su conversión.
No fue algo inmediato, pero sí el detonante. Empezó a indagar, a practicar más, a incorporar oraciones en su día a día. > “Ese día cambió mi vida”, ha afirmado en repetidas ocasiones.
La película, estrenada en 2004 con un presupuesto de 30 millones, se convirtió en un fenómeno impensable: recaudó más de 600 millones en todo el mundo. Casi 20 dólares por cada uno invertido.
En México, la cinta recibió clasificación “C” (mayores de 18) por su violencia gráfica extrema, especialmente en las escenas de los azotes. Una crudeza que contrasta con la paz que encontró uno de sus actores tras una simple—y no tan simple—mirada.




