La Joya que Pesa (y no precisamente en la cabeza)
Ah, el certamen de Miss Universo. Ese espectáculo donde la paz mundial y la respuesta a la crisis climática se miden en pasarela y respuestas de treinta segundos. En su 74ª edición, celebrada en la exótica Tailandia, la mexicana Fátima Bosch se alzó no solo con el título, sino también con el derecho a cargar sobre su cabello un objeto cuyo valor haría llorar de emoción a cualquier contador: la corona.
La tabasqueña se convirtió así en la cuarta mujer de su país en lograr esta hazaña, demostrando una vez más que en estos eventos no solo se evalúa la belleza plástica, sino también la capacidad de sonreír con elegancia mientras se responde una pregunta existencial con la profundidad de un meme de internet. Todo un arte.
Un precio que brilla más que los diamantes
Entre los “beneficios” que recibe la ganadora –que seguramente incluyen un año de sonrisas forzadas y viajes patrocinados–, el artículo que más revuelo causa es, por supuesto, la corona. Porque, ¿qué es una reina sin su reluciente y desproporcionadamente caro accesorio?
La joya en cuestión, que la señorita Bosch estrenó con orgullo en Tailandia, es obra de la casa filipina Jewelmer. Bautizada con el poético nombre de “Lumière de l’Infini” (Luz del Infinito, para los que no dominan el francés), esta pieza fue estrenada por la predecesora danesa. Uno se pregunta si el “infinito” del nombre se refiere a su belleza o al tiempo que tomaría pagarla a plazos.
Y aquí llega lo bueno. Según la siempre rigurosa transmisión de Imagen Televisión, este tocado de alto voltaje tiene un valor estimado de 5 millones de dólares</strong. Para quienes prefieran una cifra más local y con más ceros, estamos hablando de aproximadamente 92 mil millones de pesos mexicanos. Sí, leyó bien. Con ese dinero, uno podría comprar varias islas privadas o financiar la educación universitaria de un pequeño ejército de jóvenes promesas. Pero, hey, ¿quién necesita becas cuando puedes tener una corona que brilla?
El profundo simbolismo (y la factura)
Los creadores, en un alarde de marketing lírico, describen la pieza como “la cumbre de la excelencia y el saber hacer”. Traducción: costó una barbaridad fabricarla. La “Lumière de l’Infini” es, supuestamente, un homenaje a la vida y sus elementos. Los rayos con diamantes representan la luz solar, porque nada dice “fuego celestial” como una piedra preciosa extraída de las profundidades de la tierra.
Los zarcillos de oro y diamantes aluden a la espuma del mar y al aire, en una analogía que sin duda dejó sin palabras a los poetas románticos… o quizás los hizo revolcarse en sus tumbas. Y las perlas doradas del Mar del Sur, nos cuentan, evocan la esfera terrestre, irradiando belleza desde el océano. Un mensaje profundo, sin duda, sobre cómo la belleza emana de nuestra fuente de vida, o quizás solo una justificación muy elaborada para un precio desorbitado. ¿Quién sabe? Lo cierto es que es la corona más cara de la historia del certamen, un dato que, irónicamente, sí tiene un simbolismo universal y fácil de entender: el del poder del capital.
Así que ahí lo tiene. Mientras usted se pregunta si llegará a fin de mes, la nueva Miss Universo pasea con un objeto que vale más que el patrimonio de la mayoría de los mortales. Una lección de humildad y de lo que realmente importa en este mundo… o todo lo contrario.
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