El espectáculo estuvo en las gradas, no en la cancha
Ah, el Superclásico argentino. Ese evento donde la pasión desborda, los cánticos ensordecen y el fútbol… a veces decide no presentarse a la fiesta. Este domingo, La Bombonera, ese templo donde los corazones laten al ritmo de los bombos, tuvo un invitado de lujo: el aburrimiento, personificado por nada más y nada menos que la superestrella global Dua Lipa. Mientras en el césped, Boca Juniors y River Plate libraban la batalla, el partido más intenso del planeta parecía haberse convertido en una siesta de noventa minutos, coronada con un 2-0 que, para algunos, fue un alivio porque significaba que al menos algo pasó.
Los goles de Exequiel Óscar Zeballos y Miguel Merentiel fueron los encargados de romper, brevemente, el letargo general. Pero, seamos sinceros, el verdadero drama se desarrollaba en un palco. Allí, entre invitados especiales que supuestamente iban a “vivir la experiencia”, se encontraba la cantante británica. Tras arrasar en los escenarios argentinos, a la intérprete de himnos como Levitating y Break My Heart se le ocurrió la brillante idea de usar su tiempo libre para presenciar un encuentro de fútbol. Su corazón, sin embargo, no experimentó exactamente un “cold heart”, sino más bien una tibia indiferencia. Las cámaras, siempre hambrientas de un momento virial, la captaron con un gesto de aburrimiento tan elocuente que podría haber reemplazado a cualquier crónica deportiva.
El sol, su peor enemigo, y la sabiduría de las redes
Para colmo de males, el astro rey decidió jugar para el equipo contrario y la encandiló de frente. Lipa, ataviada con la camiseta de la Selección Argentina (un detalle que sin duda agradecerán los nacionalistas de guardia), apareció en la pantalla con un semblante tan serio que uno podría pensar que estaba auditando las cuentas del club en lugar de ver un partido. Inmediatamente, las redes sociales, ese pozo sin fondo de empatía y comentarios constructivos, hicieron lo suyo. “Qué pena con Dua Lipa viendo ese clásico tan pobre”, se compadecía alguien que probablemente también bostezaba frente a su televisor. “No debe entender nada”, especulaba otro, asumiendo que el reglamento del fútbol es una ciencia espacial y no patear un balón hacia una portería.
¿Era el aburrimiento? ¿Era el sol dándole directamente en las retinas? ¿O era la perplejidad de descubrir que, a veces, la leyenda de un evento supera con creces a su realidad? La artista, acostumbrada a coreografías impecables y beats perfectos, se encontró con un espectáculo donde la coreografía consistía en jugadores trotando y el ritmo lo marcaban los silbidos del árbitro. Una experiencia cultural, sin duda. Una experiencia emocionante, quizás no tanto. Su expresión lo resumía a la perfección: puedes sacar a la diva del escenario, pero no puedes hacer que un partido lento sea fascinante, ni aunque lleves puesta la camiseta de Messi.
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