Un Deja Vu que Huele a Pólvora Mojada
Parece que el guionista de las tragedias futbolísticas de la Selección Mexicana se ha quedado sin ideas originales. En una función que ya hemos visto más veces que los episodios de El Chavo del 8, el combinado Sub-17 nos ofreció otro magistral acto de esperanza efímera seguido de un desenlace tan predecible como la subida del pan. Con la elegancia de un elefante en una cacharrería, el equipo se las arregló para hacer creer a su afición, durante un minuto exactamente, que la hazaña era posible. Qué amables.
La obra, digna de un teatro del absurdo, comenzó con Mladen Mijajilovic anotando para Suiza a los 17 minutos. Por supuesto, conceder un gol temprano es solo una estrategia avanzada para hacer el partido más emocionante para el espectador neutral, ¿verdad? No queremos que los suizos se aburran con una victoria sencilla. Hay que darles un poco de drama.
El Suspiro que se Ahogó en la Garganta
Llegó el minuto 57 y, en un arrebato de lo que algunos incautos podrían llamar juego de calidad, Aldo de Nigris (sí, ese apellido que suena a déjà vu futbolístico) remató de cabeza con acierto. El marcador se ponía 2-1. El estadio, o al menos la pequeña porción que no vestía de rojo con una cruz blanca, enloqueció. La fe era un fénix renacido de sus cenizas… un fénix con una esperanza de vida extremadamente corta, todo sea dicho.
Y entonces, en un giro argumental que solo sorprendería a alguien que acaba de aterrizar de Marte, la defensa mexicana decidió que mantener la concentración era una tarea demasiado mundana. Apenas sesenta segundos después, el mismo Mijajilovic, quien al parecer tenía un contrato de exclusividad para martirizar al Tricolor, apareció para firmar el 3-1 definitivo. Fue la estocada final, el balde de agua fría, la confirmación de que, una vez más, habíamos caído en la trampa de la ilusión.
Uno se pregunta qué pasó por la mente de los juveniles durante ese minuto de locura colectiva. ¿Pensaron que con descontar ya estaba todo hecho? ¿Creyeron que los suizos, conmovidos por el gesto, les regalarían el empate? La consistencia con la que estos equipos mexicanos encuentran formas nuevas y creativas de decepcionar es, cuando menos, admirable. Es un talento especial, una especie de genialidad para el fracaso que debería ser estudiada por científicos.
Así las cosas, el camino hacia los dieciseisavos de final del Mundial Sub-17 se ve tan lejano como un oasis en el desierto. Suiza, fría y calculadora como un reloj de su país, simplemente cumplió con su trabajo. Aplicaron la ley del mínimo esfuerzo: dejaron que México creyera, para luego recordarles, con brutal eficiencia, cuál es el orden natural de las cosas en estos escenarios. Una lección de realidad, con un toque de sarcasmo incluido.
¿Qué nos queda? Pues analizar, reflexionar y esperar que el próximo “proyecto juvenil” no repita los mismos errores de siempre. Aunque, seamos sinceros, probablemente lo hará. La esperanza, al fin y al cabo, es lo último que se pierde… incluso cuando la pierdes cada dos por tres en el terreno de juego.
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