El día en que Culiacán volvió a ser trending topic por las peores razones
Parece que en Culiacán el plan para cerrar el año no es hacer propósitos de Año Nuevo, sino batir récords macabros en violencia. Este sábado, la capital sinaloense vivió una de esas jornadas que te hacen preguntarte si los grupos delictivos tienen una app para coordinar ataques en tiempo real. En distintos puntos de la ciudad, la balacera fue la banda sonora, dejando un saldo trágico de tres personas ejecutadas, un motociclista herido y un par de negocios reducidos a cenizas. Porque, claro, ¿para qué conformarse con disparar si también puedes prenderle fuego a todo?
De ex policías a civiles: nadie se salva del guion violento
La crónica de los hechos suena como el argumento de una temporada particularmente sórdida de Narcos. Todo empezó en la avenida Insurgentes, a un par de cuadras del mismísimo Palacio de Gobierno. Ahí, un hombre dentro de un Kia color tinto recibió una lluvia de plomo que terminó con su vida en el hospital. La víctima no era un ciudadano cualquiera: se trataba de Miguel “N”, un exexpolicía municipal de 55 años. Por si alguien dudaba de que en esta guerra sucia las líneas entre unos y otros están más borrosas que la vista después de tres cafés.
Pero el elenco de esta tragedia se diversificó rápidamente. En el fraccionamiento Valle Alto, Cristian Guadalupe “N”, un joven de 21 años, fue interceptado mientras iba en moto. Los hombres armados hicieron de las suyas. Casi en simultáneo, sobre el boulevard Álvaro Portillo, otro motociclista fue alcanzado por los proyectiles y perdió la vida en el acto. Y, como para recordarnos que la violencia de género también se ensaña en este contexto, en un predio de Aguaruto encontraron el cuerpo de una mujer con múltiples impactos de bala, probablemente Nicolasa “N”, de 48 años. Una narrativa que se repite con una previsibilidad deprimente.
Negocios incendiados y la respuesta oficial: el epílogo previsible
Para cerrar con brote de llamas (literal), los protagonistas de este caos decidieron que los bienes materiales también debían sufrir. En la colonia San Rafael, un lavado de autos y una vulcanizadora que ya estaban inactivos recibieron una visita no deseada: hombres armados les dispararon y, en un acto de puro cinismo, regresaron después para incendiarlos. Los bomberos llegaron, pero el daño ya estaba hecho. Mientras tanto, elementos de la Policía Estatal y el Ejército se presentaron en el lugar, en esa coreografía ya conocida de llegar post-mortem a constatar los daños.
La sensación que queda es la de un territorio donde la ley de la selva se impone con brutal eficiencia. Los ataques, distribuidos en distintas sindicaturas y colonias, no parecen aleatorios, sino un recordatorio de quién manda en los callejones. La comunidad, atrapada en el fuego cruzado, solo puede seguir contando los muertos y esperar que la bala no tenga su nombre escrito. Una dinámica que ha normalizado lo inconcebible y ha convertido la violencia en el paisaje urbano de todos los días.
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