La noche del lunes, una explosión sacudió la refinería “Antonio Dovalí Jaime” en Salina Cruz. El saldo: seis heridos, dos dados de alta y cuatro hospitalizados. Pero la historia no terminó ahí.
Ayer por la tarde, dos de los pacientes más graves—entre ellos el ingeniero Víctor, originario de Chicapa de Castro—fueron sacados del hospital de PEMEX escoltados por soldados. Destino: la Ciudad de México. Pero Víctor no llegó. Falleció en el trayecto.
Lo que más llama la atención es el silencio de las autoridades petroleras. Hasta ahora, ni una palabra oficial. Se espera que hoy confirmen la muerte de quien, según fuentes internas, era señalado como responsable de las operaciones de la refinería. ¿Coincidencia? En este país, los silencios suelen hablar más que los comunicados.
Mientras tanto, la otra persona herida que viajaba con él—una mujer—también fue trasladada. Su estado es crítico. Y las preguntas quedan en el aire: ¿por qué esperaron hasta la tarde del martes para moverlos? ¿Qué pasó realmente en esa área de torres de enfriamiento? ¿Y por qué el Ejército escoltando a pacientes de PEMEX?
La memoria histórica aquí no falla: cada vez que hay un accidente en una refinería, las versiones oficiales llegan con cuentagotas y las responsabilidades se diluyen como el humo del incendio. Mientras, los trabajadores—como el ingeniero Víctor—pagan el precio más alto.




