El rock argentino no se rinde: Mateos, Bad Bunny y un puño en alto
El Auditorio Nacional se llenó de una energía que olía a cuero viejo, cerveza y nostalgia pura. Y en medio de ese viaje en el tiempo, Miguel Mateos soltó la bomba. Con media sonrisa y el cuerpo aún moviéndose al ritmo, el tipo de 72 años hizo una confesión inesperada.
“Llega el momento en el que le tengo que admitir mi culpabilidad. Le robé unos pasos de baile a Bad Bunny… sobre todo a una de las bailarinas”.
El público estalló entre risas y chiflidos. Minutos antes, la atmósfera era otra. Tras una breve rechifla inicial que tensó todo, las pantallas mostraron al argentino volando sobre una guitarra entre nubes. Cuando apareció vestido de negro, con su sello intacto, bastaron los primeros acordes para que todos se pusieran de pie.
Cuatro décadas y un manifiesto
“Buenas noches México. 40 años, boludos y boludas”, arrancó recordando sus inicios. Nadie lo conocía cuando llegó. Las canciones de Solos en América (1986) sonaron como un álbum fotográfico musical: “Perdiendo el control”, “Y sin pensar”, “Ámame ahora, no mañana”. Entre tema y tema, dialogaba, bromeaba y hasta pedía aire por la altura.
“Son 2 mil 500 metros de altura, aguanten… soy un hombre de río, pero me gusta la montaña”.
Pero el momento más movido fue ese cruce generacional con Bad Bunny. Se quitó la chamarra de cuero y dejó que el cuerpo hablara.
“Este ritmo me pone muy cachondo… más cerca de Bad Bunny no puedo estar”.
A sus siete décadas, Mateos se movió por todo el escenario alternando guitarra, teclado, pandero y armónica sin perder el ritmo.
Luego cambió el tono con “Lola”. Antes de tocarla hizo una pausa seria.
“El hecho del abuso de género, del abuso infantil… esta canción es un manifiesto hacia cualquier tipo de abuso”.
Pidió también un alto a las guerras del mundo. Del público le aventaron una playera de la Selección Mexicana que recibió conmovido.
“Diosito, que la final del campeonato del mundo sea México-Argentina”.
El encuentro de dos piedras rodantes
Casi al final llegó la cereza del pastel: Alex Lora apareció en el escenario con el puño en alto y su grito característico.
“¡Viva México, cabrones, y que viva el rock and roll!”.
Sin transición alguna, ambos arrancaron con “Las piedras rodantes”, encendiendo al público que cantó todo. Mateos explicó después que la colaboración surgió tras una llamada telefónica.
Lo definió como el encuentro de “dos piedras rodantes en el mundo del rock”. El concierto siguió con “Malos pensamientos” y “Atado a un sentimiento”, antes del cierre inevitable con “Obsesión”.
Setenta y dos años después, Miguel Mateos sigue demostrando que algunas obsesiones nunca mueren. Solo evolucionan… aunque sea robándole unos pasos al conejo malo.




