¡Atención, amantes del espresso y la burocracia! Por fin tenemos ley
En un giro argumental que nadie vio venir (o quizá todos, después de décadas de desorden), México ha decidido que su café merece algo más que un marco jurídico improvisado. Sí, tras años de que la cadena productiva se moviera con las reglas del Far West, el Diario Oficial de la Federación ha publicado la flamante Ley de Desarrollo Sustentable de la Cafeticultura. Imagínense: un solo documento que intenta poner en orden las piezas dispersas de un rompecabezas gigante. ¿Logrará este texto legislativo lo que el sentido común no pudo? El tiempo, y la próxima taza, lo dirán.
Comisiones, sistemas y comités: el trío burocrático de la salvación
La nueva normativa, en un arrebato de creatividad institucional, propone crear cosas. Muchas cosas. La estrella del show es la Comisión Nacional para el Desarrollo de la Cafeticultura, un organismo donde, en teoría, se sentarán autoridades, productores e industriales a cantar “Kumbayá” y diseñar políticas. Suena bien, ¿verdad? Es como formar un supergrupo musical, pero donde en vez de guitarras hay discusiones interminables sobre normas de calidad. Para alimentar las deliberaciones, nacerá el Sistema Nacional de Información de la Cafeticultura, una base de datos que promete concentrar todo, desde el clima hasta los precios internacionales. O sea, Google, pero solo para café y con sello gubernamental.
Y como hablar de café sin hablar de plata es como café descafeinado (triste e insípido), también se crea un Comité de Seguimiento de Precios. Su misión épica será elaborar precios de referencia, aunque con la salvedad cómica de que no serán obligatorios. Es el equivalente regulatorio a decir: “Aquí tienes un paraguas de referencia para la tormenta, úsalo si te da la gana”. Una genialidad que resume a la perfección el eterno baile entre la intención y la obligatoriedad.
Del discurso verde a la sombra de un árbol (literalmente)
En un guiño a la moda de la sostenibilidad (que ojalá sea más que una moda), la ley incorpora criterios ambientales. Fomenta prácticas como la cafeticultura bajo sombra y los sistemas agroforestales, que básicamente consisten en no talar todo para plantar café. Una idea revolucionaria: dejar que los árboles sigan vivos. Estas prácticas, nos prometen, serán consideradas en los esquemas de apoyo. Otra promesa que esperamos no se quede, justamente, en la sombra.
Tras la publicación, el secretario de Agricultura, Julio Berdegué, salió a vender las bondades del nuevo orden, hablando de dotar al sector de información, transparencia y mejor negociación para los productores. Palabras hermosas que suenan a música celestial para cualquier cafeticultor que haya tenido que vender su cosecha a precios que no cubren ni el costo del combustible para ir al mercado. La pregunta del millón es si esta arquitectura legal, con sus comisiones y sus sistemas, logrará bajar del papel a la tierra y a la billetera de los productores. O si, por el contrario, será otro hermoso edificio de buenas intenciones donde la realidad se niegue a mudarse.
Al final, el éxito de esta ley no se medirá en páginas del DOF, sino en si el productor de Chiapas, Veracruz o Oaxaca puede vivir dignamente de su trabajo y si nosotros podemos seguir disfrutando de un buen café mexicano sin un regusto amargo de injusticia. El reto está servido. Y el café, también.
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